Testimonio de un hombre transexual


Ésta es una historia real de esperanza y liberación de la esclavitud sexual. La historia de Sy (se pronuncia “sai”) es un testimonio emocionante de cómo un hombre fue liberado de su vida “como una mujer”. Aunque él se dedicó aún más a la vida transexual que muchos otros homosexuales, su experiencia demuestra que el poder de Dios, es superior a cualquier problema que podamos tener. Mientras usted lee este artículo, dé la gloria a Dios, el Autor y Consumador de la fe de Sy.
Imagínense yo casado! Un día de regocijo y celebración, de compartir el amor entre amigos y familia. A mi lado estaba mi nueva esposa, la mujer que yo amaba. Unidos por Dios para siempre; nuestras esperanzas y nuestros sueños centralizados en Cristo. Pero, aunque era algo especial, nuestro matrimonio contenía un significado mucho más profundo, porque era un testimonio del poder de Dios para cambiar las vidas.
Hubo un tiempo en mi vida, en que jamás hubiera creído que llegaría a conocer tal amor y realización; mucho menos, que llegara a casarme. Solamente tres años atrás, me encontraba perdido en una afanosa búsqueda de mi identidad, deseando desesperadamente el amor y la aceptación. Es que yo era un transexual. Aunque físicamente era un hombre, sentía que, en realidad era una mujer “atrapada” en un cuerpo equivocado. Yo deseaba ardientemente cambiar mi sexo externo para que mi cuerpo se ajustara a la concepción que yo tenía de mí mismo.
Mis primeros encuentros homosexuales comenzaron cuando tenía sólo 8 años. Opuestamente a muchos muchachos que experimentan sexualmente, yo tenía un deseo intenso de relacionarme íntimamente con hombres. Yo quería que los hombres también me desearan a mí. Las películas que recordaba haber visto cuando niño, mostraban que las niñas eran siempre objeto de atenciones especiales y de seducción. Mi corazón sufría mientras pensaba: “Yo quisiera ser deseado de esa manera”. Años más tarde, quise vivir la fantasía de mi infancia convirtiéndome en una mujer con la esperanza de ser realmente amado.
El problema no era la falta de amor de mis padres, aunque las circunstancias me privaron de una niñez normal. Nací en 1956. Era el único hijo de una pareja de clase media cuyas relaciones se estaban desintegrando. Debido a que mi madre era alcohólica, ella no pudo cuidar de mí como debía. Aún así, no tengo ningún recuerdo desagradable hasta que cumplí cinco años de edad, cuando mi madre murió en un accidente automovilístico.
Yo fui a vivir con mis tíos durante un año mientras mi padre se reponía y empezaba de nuevo. Durante ese tiempo con mis tíos, desarrollé una relación bastante íntima con su hija que tenía más o menos mi edad. Gozaba identificándome con su vida de niña. Posteriormente, volví a vivir con mi padre y mi abuela en nuestro pueblo tranquilo del mediano oeste de Estados Unidos. Cuando yo tenía once años, mi padre se volvió a casar.
Tuve una relación estable con mis padres hasta llegar a la adolescencia, cuando mis deseos obscuros empezaron a mostrarse abiertamente. Viendo aumentar mis problemas, mis padres se esforzaban mucho por desarrollar en mí una identidad masculina, pero el daño ya estaba hecho. Mis actitudes amaneradas y los intentos de usar maquillaje eran simplemente síntomas externos de una profunda confusión en cuanto a mi identidad. Aunque yo no conocía a Dios, creía en su existencia. Oraba pidiendo y hasta exigiendo que Él me transformara en mujer.
Mientras tanto, yo era activo en la iglesia, en la escuela y en los boy scouts. Jugaba al fútbol, era miembro de los equipos de atletismo y de natación y tenía un par de motocicletas. Nada de esto me convirtió en “macho”. A pesar de mis esfuerzos por adaptarme, mis compañeros de clase me atormentaban. Mi vida en el hogar y en la escuela eran una miserable carrera de resistencia. Felizmente, en tres años pude graduarme en la secundaria.
Me sentí aliviado de esta vida casi intolerable cuando fui a Brasil en un programa de intercambio. Durante los meses de verano allá, descubrí, tal vez por primera vez, que era aceptado quizás hasta reconocido siendo como era. La cultura brasileña parecía aceptar con más facilidad la homosexualidad que la cultura norteamericana. Además, mis “padres brasileños” eran actores de teatro y, por lo tanto, trabajaban con muchos homosexuales. La actitud que yo veía era de aceptación hacia el estilo de vida de los homosexuales. En ese país, lejos de la vida infeliz en mi hogar, me sentía con la libertad de aceptar y hasta de disfrutar de mis deseos más íntimos.
Poco después de mi regreso a los Estados Unidos, a insistencia de mis padres, ingresé a la Marina. Aunque temía enfrentar tormentos similares a los que sufrí en mis días de secundaria, me fue bien durante el período de entrenamiento y fui promovido con honores a un rango superior. En vez de ser rechazado por mi naturaleza femenina, fuí aceptado; por otra parte me volví más confiado en mi papel mental de mujer. Después del período de entrenamiento inicial vino el entrenamiento especializado antes de ser asignado a mi estación permanente: un navío en Pearl Harbor, Hawai.
Allí me sumergí totalmente en la oscuridad, envolviéndome completamente en el submundo homosexual en Honolulu. Me involucré en drogas, en prostitución, a veces corriendo peligro. Mientras más conocía este estilo de vida más desdeñaba su superficialidad y su vacío. Me sentía como un vampiro que salía de caza, noche tras noche, en busca del “hombre perfecto”, escurridizo, que pudiera satisfacer mis deseos. Seguía mi camino sin ver una salida y sin ninguna esperanza a la vista.
Después de pasar unos seis meses viajando por Oriente, regresé a Honolulu donde descubrí que dos de mis mejores amigos se habían unido a una Iglesia Comunitaria. Accedí a ir con ellos y me encontré con una iglesia que recibía abiertamente a los homosexuales. Ahora comprendo que tal visión distorsionaba las escrituras, presentando a un Dios que bendice la homosexualidad en vez de condenarla. Como muchos homosexuales cuyos corazones no están endurecidos, yo buscaba un alivio espiritual para mi conciencia culpable.
En esta Iglesia tenia una religión que aprobaba mi preferencia sexual. Estaba encantado como mis amigos, pero sabía que algo no estaba bien, ya que podía asistir libremente a aquellas reuniones sociales en la Iglesia vestido como mujer. Mis amigos fueron la primera pareja homosexual en Hawaii en casarse y yo fui uno de sus padrinos. ¡Pensar que nosotros creíamos que Dios podía bendecir tal abominación!
En la primavera de 1977, completé mi servicio en la Marina y volví a la seguridad que ofrecía mi nativo medio oeste de los Estados Unidos. Jamás me olvidaré de la expresión en los rostros de mis padres cuando salí del avión un joven acabado con apenas 21 años, una escena patética. Miré sus hombros caídos y sus rostros cubiertos de vergüenza al ver mi cuerpo tan abusado.
Algunos meses después de llegar a casa recibí una carta de mis amigos homosexuales la pareja que se “casó” en Hawaii. Me dijeron que ya no eran más homosexuales. Ahora eran cristianos. Según ellos, las enseñanzas de la iglesia que habíamos frecuentado eran mentiras. Todavía se amaban, pero ya no más de una forma homosexual. Ya no vivían juntos. “¡Qué traidores!”, pensé.
La pesadilla que era mi vida, se desenvolvió plenamente cuando empecé a frecuentar una universidad conservadora cerca de mi ciudad natal. Aunque había sido aceptado y hasta popular durante mis años en Honolulu, ahora yo era odiado a tal punto que era necesario un guardia extra oficial de la universidad para mi protección. Circuló una petición solicitando mi retiro del dormitorio, y no me era permitido tener compañero de cuarto. El rechazo fue más de lo que yo podía aguantar. En mi estado de depresión perdí los cursos de muchas semanas y pasaba días sin comer. Conseguí sobrevivir por dos semestres.
Después de una crisis en mi vida, finalmente dije a mis padres lo que ellos durante mucho tiempo temían: Yo era infeliz en mi vida de hombre y deseaba una operación para cambiarme de sexo. Empecé un proceso de psicoterapia en busca de “La Operación”. Una serie de exámenes, incluyendo uno de cromosomas, probó que mi confusión de identidad sexual no era resultado de algún extraño error genético.
Sin embargo, después de revisar con cuidado los estudios sobre la transexualidad, logré darle a mi psiquiatra las “respuestas correctas”. Me diagnosticaron oficialmente como transexual, apto a solicitar la operación de cambio de sexo. Yo tendría que someterme a una intensa terapia, para después ser operado en el Hospital John Hopkins en Baltimore, un hospital famoso por tales cirugías. Mis padres no sabían ya cómo reaccionar ante mi situación y se resignaron a perderme. Yo creía que la transformación de mi sexo era el último intento para conseguir la felicidad, y estaba dispuesto a sacrificar todo para alcanzar mi objetivo. Con mis maletas listas y la botella de hormonas femeninas que me habían recetado, estaba por fin en mi camino. Llegué a la costa este de los EUA en abril de 1978.
“Usamos polvo y tinta para hacer de nosotros lo que no somos”. Esta frase que había oído de otros hombres transexuales me perseguía. Al mirarme en el espejo a través de ojos vagos y vacíos por causa de las drogas, veía a la persona en que me había convertido. Yo no era simplemente un mentiroso sino la encarnación de una mentira, y entendía el arte de ilusionar que se pasaba de generación en generación, desde la antigua Babilonia hasta Hollywood. Durante un año y medio viví como mujer, con un buen puesto en una firma de contratistas cerca de Washington D.C. Estaba alcanzando la deseada aceptación en mi papel de mujer. Era considerado atractivo y era muy popular en las fiestas.
A pesar de mi “éxito”, sentía un cierto terror y una insatisfacción creciente. A causa de una serie de contratiempos, me fue imposible continuar mis sesiones de psicoterapia. Mientras más esperaba la cirugía para cambiarme de sexo, más entendía que la “operación” no podría resolver todos los problemas de mi vida como pensaba antes. Era muy difícil mantener mi papel de mujer 24 horas por día. Vivía con un temor constante de que mi verdadero género fuese descubierto. Un aumento en el consumo de drogas aliviaba un poco mi situación, escapándome de la realidad, pero no podía librarme de la persistente pregunta que siempre me venía: ¿valdrá la pena todo esto?
El Espíritu de Dios estaba obrando, atrayéndome. Mientras mi salud se iba deteriorando por el abuso de las drogas, los dolores en el pecho y la dificultad en la respiración hacían difícil que durmiera. Empecé a meditar sobre cosas agradables para relajarme. Cierta noche, una canción de mi infancia “Cristo me ama” inundó mi mente. Otras canciones cristianas de la pureza de mi infancia daban vueltas y vueltas en mi mente. Yo sólo podía llorar.
Comencé a pensar en el costo de abandonar la única vida que había conocido. Le pedí a Dios: “Por favor, muéstrame si Tú deseas que no prosiga con la operación para el cambio de sexo”. En el fondo de mi ser yo sabía cuál sería Su respuesta.
Despertado por el boletín noticiero radial de la mañana, me senté en mi cama ¡casi sin poder creer lo que estaba oyendo! El Hospital Johns Hopkind acababa de anunciar al mundo que no harían más la cirugía para el cambio de sexo. Estaban cancelando la lista de espera para los pacientes que solicitaban esta cirugía, diciendo que este cambio no era la respuesta para la mayor parte de los homosexuales. Tres días después de mi oración a Dios, yo ya tenía una respuesta.
Aquel otoño, mientras preparaba una mudanza, descubrí una vieja Biblia y empecé a leerla. En poco tiempo, comencé a compartir las Escrituras con cualquier persona que me quisiera oír, y mis amigos comenzaron a preocuparse por mi creciente interés religioso.
Aunque yo todavía seguía viviendo como mujer, el Espíritu Santo comenzó a operar en mi vida y me sentía incómodo bajo Su intervención. Sabiendo que me estaba aproximando a una encrucijada en mi vida, tiré las hormonas femeninas y dejé de comprar ropas de mujer. Mientras se acercaba la Navidad, empecé a dejar de lado todos mis vestidos y con el bono navideño, compré algunas prendas de ropa de hombre.
Durante las vacaciones de Navidad llegué a un punto decisivo. Mi corazón latía de una manera cada vez más irregular y se intensificaron los dolores en el pecho. Finalmente, una noche, caí al suelo apretándome el pecho. No podía respirar bien y sentía que iba a desmayarme. Aterrorizado, clamé a Dios, suplicándole que Él me salvara: “Por favor Señor, no me lleves así. Déjame primero llegar a conocerte, Señor”. El fuerte dolor empezó a calmarse. Estremecido, sentí la gran necesidad de arreglar mis cuentas con Dios. Pero, ¿cómo? Me volví a la Biblia, sabiendo que allí encontraría la respuesta.
“Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana. Si quisiereis y oyereis, comeréis el bien de la tierra; si no quisiereis y fuereis rebeldes, seréis consumidos a espada; porque la boca de Jehová lo ha dicho”. (Isaías 1:18 20).
Al leer esta Escritura, me quebranté. La amargura, la culpa y la vergüenza por los años perdidos de mi vida brotaron de mí mientras lloraba al pie de la cama. Confesé mi fracaso y mi culpa delante de Dios llamándole: “Dios, yo no puedo cambiar lo que soy, pero estoy dispuesto a ser transformado. Sé que Tú tienes el poder. Hazme el hombre que Tú quieres que yo sea”. Agradar a Dios, ser amado y no rechazado por Él: era todo lo que quería. Mientras entregaba mi vida en Sus manos, el “viejo yo” murió, y el “nuevo yo” nació. Mi vida a medias había terminado.
Mi regeneración espiritual se hizo evidente inmediatamente. De la noche a la mañana había sido liberado de la inmoralidad y la adicción a las drogas. Las úlceras sangrantes en mi esófago (resultado aparente del abuso de las drogas) se sanaron en un día. Mientras yo descubría el intenso e íntimo amor de Dios por mí, fui liberado de la presión agotadora que me había hechos esclavo de la perversión.
Se presentaron algunos tiempos difíciles también después de mi conversión. Buscando establecerme en la comunidad cristiana, asistí a diferentes iglesias y encontré algunas personas a quienes se les hacía difícil relacionarse conmigo, aunque vestía ropa de hombre y tenía el pelo corto. Los residuos de mi vieja vida mis modales afeminados, la voz aguda y los resultados de las hormonas femeninas, hacían que muchas personas me confundieran con una niña. Al principio me sentía terriblemente humillado, pero estaba decidido a vivir para Dios.
Atravesé períodos de fuerte tentación de muchas formas. Sin embargo, aprendí que lo único que podía hacer Satanás era tentarme él no podía forzarme a caer, así que con la gracia de Dios, no cedí.
Mientras me iba fortaleciendo y pasaba tiempo reflexionando en la Palabra de Dios, el Señor cortó mis relaciones y amistades del pasado. Era tiempo de marchar adelante. En el siguiente verano después de mi conversión, empecé a trabajar en un ministerio cristiano y me uní a una iglesia donde fui calurosamente aceptado en la comunión con otros creyentes.
Nueve meses después de mi conversión, experimenté el vivificante poder del Espíritu Santo. Durante esta experiencia de tres horas, el Señor le reveló a una de mis compañeras de oración que ella iba a ser mi esposa. Sin decirme nada en relación a lo que el Señor le había mostrado ella esperó hasta que Dios lo hizo realidad.
Alrededor de un año después, me di cuenta de la voluntad de Dios para nuestras vidas. Al principio me resistí a la idea del matrimonio. Temores interiores y sentimientos profundamente arraigados de que no estaba capacitado para ello, empezaron a salir a la superficie. Pero mientras Karen y yo desarrollamos una amistad muy rica durante los dos años anteriores a nuestro matrimonio, Dios obró dando sanidad a todas estas áreas de mi vida.
Dios nos ha bendecido con una comunicación honesta y franca con Jesús y entre nosotros mismos. Hemos descubierto muchas fortalezas y muchas debilidades, y nos hemos visto sin máscaras. Hoy mi esposa y yo trabajamos juntos en el ministerio cristiano a tiempo completo. Nuestro matrimonio NO es la prueba de mi liberación de la perversión sexual, pero es una de la más preciosa evidencia de mi nueva vida y de mi creciente relación con Cristo.
Mi relación con mis padres ha sido restaurada por Dios también. Yo les había escrito cuando fui salvo, pero pronto comprendí que mi nuevo celo cristiano no podía borrar todos los años de dolor que ellos habían experimentado. Volví a ver a mis padres después de casi cinco años en mi boda, y pude regocijarme en la reconciliación que Dios había traído a nuestra relación. Ahora tengo padres de nuevo, y ellos tienen su hijo otra vez.
Siendo yo mi más severo crítico, a veces tengo dificultad en ver los cambios que Dios ha operado en mi vida. Entiendo ahora que tal vez no podré responder a las normas irrealistas que la sociedad espera de “un hombre”. Pero recuerdo que ya no vivo de acuerdo a los corruptos valores de un mundo moribundo. Yo sigo a Jesús. Él es mi ejemplo de masculinidad, mi norma y objetivo final de hombría.
Una noche mientras me preparaba para ir a la cama, el Señor habló a mi corazón diciendo: “Mírate al espejo…dime lo que ves.” Miré por un momento y dije: “Veo una nueva criatura”. El dijo: “Bien, pero mira otra vez”. Así lo hice y entonces dije: “Veo al hijo del Rey…un siervo de Jesús… y la belleza que surgió de las cenizas de mi vieja vida”. Sin embargo, yo sabía que éstas no eran las respuestas que Él esperaba. ¿Qué era lo que el Señor trataba de mostrarme? Miré otra vez en el espejo. “¿Qué es lo que ves, hijo?” Finalmente entendí. “Veo que el hombre, el hombre en el espejo soy yo”.
(Traducido por Rafael Ángel Maldonado y Esly Regina Carvalho. Revisión de Ruth Dahlstrom)
Este artículo es publicado por COMPROMISO Cristiano con permiso de Sy Rogers y de Esly Regina Carvalho, directora de Eirene Internacional.

http://encuentrame-sipuedes.blogspot.com

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Increible y doygracias a Dios por tu vida y por tu historia, soy una madre desesperada con un hijo de 17 años quedice ser transexual y sentirse atrapado en un cuerpo equivocado, leer esto me da una luz de que aun Dios no esta muertoy que hay esperanza!!!!
Anónimo ha dicho que…
Querida amiga nada es imposible para Dios, que el Señor le bendiga y conceda las peticiones de su corazón.
Anónimo ha dicho que…
El plan de Dios es simplemente perfecto, solo hay que tener FE, FE en que el hecho es que lo que nos depara en Cristo es simplemente lo mejor que puede existir, saludos, tu testimonio avivó más mi FE. (debo reconocer que aveces tambien flaquea)

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