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miércoles, 11 de abril de 2012

LOS MISTERIOSOS CAMINOS DE DIOS



Verdaderamente tú eres Dios que te encubres, Dios de Israel, que salvas. Isaías 45.15

Por D. Martín Lloyd – Jones. Este magnífico apóstrofe, esta exclamación de devoción y adoración, brota de los labios del profeta como resultado de la revelación que Dios le hizo de sus planes y propósitos. No registra una queja.

Expresa, más bien, su asombro por los maravillosos tratos de Dios. Es imposible saber si el profeta compartía el punto de vista del pueblo en general y era culpable de la misma falta de percepción y fe, pero la respuesta de Dios a los pensamientos y murmuraciones del pueblo le deja pasmado por su magnificencia y grandeza.

El estado de ánimo del pueblo se describe en términos vívidos y notables en los primeros versículos del capítulo. Estaban perplejos y confundidos, es más, estaban llenos de dudas y cuestionamientos.

Todo esto, por supuesto, como resultado de la situación en que se encontraban y por los eventos que se estaban desarrollando.

Además de esto estaba el anuncio del camino de liberación que Dios proponía y estaba dispuesto a emplear. Los hechos eran estos: Los hijos de Israel como nación y como pueblo, estaban experimentando una constante serie de derrotas militares y humillaciones. Sabían que eran el pueblo elegido, el especial pueblo de Dios, y sin embargo, se estaban debilitando más y más y sus enemigos -paganos y extranjeros de la comunidad de Israel- se estaban fortaleciendo constantemente. La tierra de Israel había sido atacada repetidas veces y sus ejércitos derrotados. El enemigo se había apoderado de sus más valiosos tesoros llevando cautivos a gran cantidad del pueblo. Era cuestión de tiempo hasta que Jerusalén misma fuese conquistada y destruida, y el resto del pueblo llevado cautivo a Babilonia. Todo había salido mal y el enemigo aumentaba su poder. Mientras tanto, Dios aparentemente no hacía nada.

No había impedido o restringido al arrogante enemigo. Parecía no tener interés alguno en el problema.

Ciertamente no intervino para liberar a su pueblo y destruir al enemigo. Estaban atónitos y perplejos y comenzaron a formular preguntas. ¿Por qué Dios actuaba de esta manera? ¿Por qué permitía que el enemigo prosperara y se fortalezca? Luego surgían preguntas peores todavía. ¿Podía Dios detenerlos? ¿Tenía el poder para hacerlo, tenía “manos” para lograrlo?

Esto se acentuó cuando se hizo el anuncio, por medio del profeta, que finalmente vendría la liberación por medio de Ciro. Esa fue la gota que rebalsó la copa.

¿Liberación por medio de un gentil y no de un israelita, uno de la simiente de David?

Era imposible. ¿Qué quería decir Dios? ¿Era justo y correcto? ¿Debía Dios hacer algo así? ¿Cómo podía reconciliarse esto con todo lo que Él había dicho y hecho en el pasado y con todas sus promesas y planes? Tal era el estado mental y espiritual del pueblo y tales las preguntas que formularon o más bien, las declaraciones que hicieron.

En este tremendo pasaje Dios responde al pueblo recordándoles acerca de su naturaleza y poder, su conocimiento y sus propósitos. Los censura y por medio del profeta les da un vistazo del futuro al que propone guiarlos. El profeta ya no se puede contener.

Olvidándose del pueblo y dirigiéndose a Dios directamente pronuncia estas palabras de asombro y de alabanza: “Verdaderamente tú eres Dios que te encubres, Dios de Israel, que salvas”.

Sería bueno y muy instructivo considerar este asunto en su propio contexto preciso y demostrar cómo se desarrolló en la historia de los hijos de Israel. Sin embargo, si bien estaremos haciendo eso en un sentido, debemos concentramos en lo que se aplica a nosotros, lo que nos habla directamente cuando nos enfrentamos con una situación contemporánea. Casi es innecesario señalar que tenemos aquí la consideración de uno de los problemas que tiene perplejos a muchas mentes en el presente, un problema que ha preocupado a muchos durante unos cuantos años en el pasado. En efecto, el problema es la dificultad de reconciliar el mundo en que vivimos y especialmente lo que está aconteciendo aquí, con nuestra fe en Dios, y especialmente con ciertos fundamentos de esa fe. Al principio, la perplejidad causada por este problema se expresa como una declaración general, más o menos en estos términos:

Durante años ha sido evidente que las fuerzas del mal han estado incrementándose más y más. El materialismo, la impiedad, la falta de fe, el pecado y la maldad, el vicio y la malicia se han acrecentado. Toda la base religiosa en que se ha fundado la vida del cristianismo en el pasado no sólo se ha cuestionado sino también ridiculizado y mofado. En lugar de apoyar a la Iglesia ha sido dejada de lado.

No es que ha sido perseguida sino que se la ha ignorado y olvidado, y a través de los años sigue declinando. Cuanto más arrogante ha sido aparentemente el hombre más éxito parece haber tenido.

Todo parece favorecer a la iniquidad y a la maldad; todo lo que se opone a Dios y a su Iglesia y al punto de vista cristiano, predomina y florece por todas partes. La declinación de la fe, la moral y de todo lo que ennoblece y eleva a la vida, prosigue a un ritmo aterrador. El mundo ha ido de mal en peor, los malos “aumentan su maldad” y parece que todo se está dirigiendo hacia el abismo.

Más y más el mundo ha llegado a ser lo opuesto de todo lo que Dios desea que fuese, y ahora que los conflictos de los últimos años nos han llevado a la guerra, todo parece estar perdido. Cada vez la situación se toma más desesperante. Mientras todo esto acontece Dios, aparentemente, permanece en silencio e inactivo. Al parecer no ha hecho nada y no ha intervenido para detener este proceso. No parece estar en evidencia, ni siquiera existir. La única actividad que parece haber en el mundo es maligna aparentemente Dios ha estado ausente y totalmente desvinculado del curso de los eventos.

No ha hecho nada y el enemigo ha prevalecido. Tal es la afirmación; y esto lleva inevitablemente a la pregunta que con tanta frecuencia se hace:

¿Por qué permite Dios que tales cosas ocurran? ¿Por qué no interviene? ¿Por qué no detiene a la maldad y a los malhechores? ¿Por qué no aviva su obra y rescata a la Iglesia de su impotencia y su vergüenza? ¿Por qué no escucha las oraciones de su pueblo, y destruye a los malhechores con todo lo que hacen y restaura al mundo a un modo de vida correcto y verdadero? ¿Cómo puede, por así decirlo, ponerse a un lado y no hacer nada, permitiendo que todo lo que tiene valor y es noble sea destruido y desecrado? Tales son las formas que toma la pregunta general de por qué Dios se comporta de esta manera, y aparentemente permite que todo lo que El odia se desarrolle y crezca.

El cuestionamiento jamás se detiene en este punto. Habiendo llegado aquí parece ser impulsado inevitablemente a formular una serie de preguntas más serias y siniestras. Consideraremos ahora estas preguntas. Las analizaremos individual y separadamente, recordando al hacerla que no será un análisis académico y psicológico de un pueblo que vivió hace casi 3.000 años sino un estudio de nosotros mismos y de errores en los que nosotros tendemos a caer al igual que los hijos de Israel.

I. La primera pregunta puede expresarse en los siguientes términos: ¿Es indiferente Dios? ¿Es verdad que a Él no le importa lo que nos está ocurriendo a nosotros y en el mundo? Esa es, por cierto la pregunta implícita en el pasaje que estamos considerando ahora. Los hijos de Israel sentían que Dios los estaba abandonando y que ya nos les cuidaba ni se preocupaba por ellos como lo había hecho antes. Sentían que se había tornado indiferente y despreocupado, que los había abandonado definitivamente permitiendo que los eventos siguieran su propio curso. Esa parecía ser la explicación más obvia y evidente de lo que les estaba ocurriendo y del extraño silencio e inactividad de Dios.

¡Cuántas veces los hombres han llegado a esa conclusión! ¡Cuántos tienden a hacerla en el presente! No es que han adoptado el punto de vista propugnado por los antiguos deístas. Ellos enseñaban que Dios, habiendo creado el mundo, luego dejó de estar activamente preocupado por él. Dios, decían, había hecho al mundo como un relojero fabrica un reloj y habiéndole dado cuerda, ahora permitía que siguiera andando solo en su propio camino. Dios había terminado con él en el sentido de una activa preocupación y participación. No creo que haya muchos que sostengan este punto de vista en la actualidad. Se sostiene, más bien, que Dios ha dejado de estar activamente interesado por alguna razón. Saben que estuvo interesado en el pasado por medio de sus obras, de la misma manera que los israelitas lo sabían. Su silencio e inactividad, por tanto, argumentan, debe señalar una indiferencia, como si Dios se hubiera impacientado con el mundo y lo hubiese abandonado a su suerte, que le hubiera dado sus espaldas. Los fieles oran, se esfuerzan, trabajan, y sin embargo, parece no haber respuesta de parte de Dios. ¡Qué fácil es argumentar en base a esto y acusar a Dios de ser indiferente! ¿No se trasunta en la mayoría de las preguntas que se formulan respecto de por qué Dios permite que ciertas cosas ocurran? A menudo, la insinuación está más en el tono de voz que en la pregunta en sí. El sentir es que si Dios fuese realmente un Dios de amor, no permitiría que los justos sufran como ocurre a veces, y que los injustos prosperen Y tengan éxito, no permitiría las calamidades, las guerras y todas las otras aflicciones y tribulaciones que nos prueban. ¿Por qué los permite Dios?, preguntan.

Aún más, ¿cómo puede permitirlo? A pesar de los sufrimientos y las oraciones del pueblo parece no querer actuar. En las palabras del salmista: ¿Desechará el Señor para siempre y no volverá más a sernos propicio? ¿Ha cesado para siempre su misericordia? ¿Se ha acabado perpetuamente su promesa? ¿Ha olvidado Dios el tener misericordia? ¿Ha encerrado con ira sus piedades? La acusación en la primera pregunta es que DIOS es indiferente.

2. Se insinúa entonces otra pregunta que en parte es una posible respuesta a la primera. ¿Es impotente Dios? ¿Puede hacer cualquier cosa? Esa es la pregunta mencionada en la última frase del verso 9. Habiendo preguntado: “Dirá el barro al que lo labra: ¿Qué haces?”, inquiere luego: “¿O tu obra: No tiene manos?”, que Moffat traduce así: “¿Lo que Él crea le dice que es impotente?” Como si el barro pudiese decide al alfarero que no tiene habilidad o poder para moldear y formar una vasija.

Así los hombres cuestionan y dudan del poder y la capacidad de Dios para controlar los eventos en el mundo y de escuchar sus oraciones. Consideran que esta conclusión es inevitable. No dudan de que si Dios pudiera detener la maldad y parar la ola de iniquidad lo haría. Su amor, argumentan, insistiría en ello. Es inconcebible que no lo haga por tanto, puede haber sólo una conclusión. Debe ser que Dios no tiene poder, que la fuerza del mal es mayor que el poder de Dios. Debe ser que el mundo se le ha “escapado de las manos” y está fuera del alcance de Dios para controlarlo y salvarlo. Las tinieblas y la maldad son mayores que el poder de Dios. Esa es la segunda pregunta.

3. Pero hay una tercera que surge de lo que Dios propone hacer y anuncia como su acción futura. Al utilizar a Ciro como un libertador, ¿no significa que Dios es inconsecuente? ¿Cómo concuerda esto con todo el pasado? ¿Un gentil que libere a Israel? ¿Uno que no era de la simiente de David sería el salvador del pueblo? ¿Un extranjero? Es inconcebible. ¡Sería amontonar insulto sobre injurias! Sería injusto de parte de Dios. No debe hacerlo porque estaría totalmente en desacuerdo con todo lo que Él ha dicho y prometido, y con todo lo que Él ha hecho en el pasado. Sentían que utilizar al gentil Ciro era algo que jamás podían reconciliar con la santidad de Dios. Les parecía lo mismo que esperar que surja algo bueno de la maldad, de que alguno fuera de la comunidad de Israel fuese usado por Dios para cumplir sus propósitos.

No podían ver explicación alguna. Les parecía total y absolutamente erróneo.

¿No hemos tenido algo de ese sentimiento y estado de ánimo? ¿Cómo puede esto que nos está ocurriendo, hemos preguntado, ser de algún modo para nuestro bien y la gloria de Dios? ¿Cómo puede justificarse Dios por haber permitido que suframos? ¿Cómo pueden formar parte del plan o esquema de Dios las pruebas y las tribulaciones? ¿Puede aquello que es evidentemente malo e inicuo caer de alguna manera o por algún medio, dentro del ámbito del amor de Dios y su propósito soberano respecto a nosotros y a toda la humanidad?

Estas preguntas que hemos considerado, son las que todavía se están formulando los hombres. ¿Las has formulado? ¿Qué diremos acerca de ellas? ¿Cuál es la respuesta?

Consideremos la tremenda respuesta en esta frase de Isaías.

1. La arrogancia demostrada en esta actitud hacia Dios. Esto es lo que se enfatiza al comparar al hombre en su relación con Dios a tiestos, a barro y a un recién nacido. Es algo casi increíble, si se lo mira objetivamente; sin embargo, ¡con cuánta frecuencia es esta la actitud que asumimos ante Dios! No vacilamos en presumir y dar por sentado que somos capaces de comprender todo lo que Dios hace. Tenemos tal confianza en nosotros mismos, en nuestras propias mentes, comprensión y opiniones, que cuestionamos y dudamos de las acciones de Dios exactamente en la misma forma que cuestionamos las de los hombres. Sentimos y creemos que sabemos lo que es correcto y lo que es mejor.

Nuestra confianza en nosotros mismos es sin fin, no tiene límites y rehusamos creer que haya algo que esté fuera del alcance de nuestras mentes e intelectos. Este es, por cierto, el significado impertinente de todas nuestras preguntas, y en todas nuestras expresiones de duda. Dios debe conformarse a nuestras ideas y ha de hacer lo que nosotros creemos que debe hacer. Pero no queda allí la arrogancia.

Como hemos visto, no vacila en condenar las acciones de Dios y decir que están totalmente erradas e indefensas. En otras palabras, nosotros, nuestras ideas, son la norma y los jueces. Nosotros somos la suprema corte de apelación; y nuestras ideas en cuanto a lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, constituyen la última palabra. No vacilamos en expresar nuestras opiniones acerca de Dios y de juzgar sus acciones.

De esto los hijos de Israel eran constantemente culpables. Al leer acerca de ellos en el Antiguo Testamento a veces nos maravillamos y asombramos de ellos.

Sin embargo, nos cuesta comprender que nosotros también somos culpables precisamente de lo mismo. Quizá no lo expresemos en forma tan franca y descortés, sino con cuidado y delicadeza lo decimos más bien en forma de pregunta que como afirmación directa. Pero todo esto no hace al caso.

En un asunto como este, pensar por un momento de esta forma es tan condenable como afirmarlo. No quiero decir que no debamos pensar y razonar acerca de la religión, o que yo sostenga que el cristianismo es irracional. Debemos pensar, razonar y comprender la verdad. Esto no significa que nuestras mentes están a la par de la mente de Dios o de que podemos reclamar igualdad y demandar una comprensión total de todo. Menos todavía significa que moral y espiritualmente estamos en una posición como para cuestionar y dudar de los motivos de Dios y emitir juicio sobre su carácter expresado en sus acciones.

Sin embargo, esto es precisamente lo que hacen los hombres. Al no comprender las acciones, proceden a atacar y a cuestionar el mismo carácter de Dios. Nuestro orgullo de intelecto y de comprensión nos lleva en realidad a considerarnos como dioses. Por eso elegí el término ‘arrogancia” para describir esta actitud. ¡Oh, qué tremenda impertinencia e insolencia!

Hay sólo una explicación: es una falta total de comprensión acerca de quién y qué es Dios junto con una apreciación totalmente errónea de la verdad acerca de nosotros mismos. Si solo comprendiésemos de quién estamos dudando. ¡Si tuviéramos apenas un somero concepto del poder, la grandeza y la santidad de Dios! Si pudiéramos comprender cabalmente que no somos nada, que somos absolutamente insignificantes e indefensos. Procuremos considerarlo y verlo a la luz de este pasaje.

La relación entre Dios y nosotros es la del Creador y la criatura. Él nos creó y nos hizo existir. Somos obra de sus manos, en verdad somos para Dios lo que el barro es para el labrador. ¿Lo dudas?

Permite que te haga algunas preguntas. ¿Qué control tienes en verdad, sobre tu vida? No tuviste control sobre el comienzo y no podrás controlar el fin. No tenemos idea de cuánto tiempo estaremos aquí. Nuestras vidas están totalmente en las manos de Dios. No podemos controlar la salud o la enfermedad, accidentes o males. No sabemos lo que traerá un día. ¿Quién podría haber predicho el estado actual de cosas? Los hombres no han podido prevenirlo. Somos criaturas del tiempo y totalmente sujetos a fuerzas sobre las cuales no tenemos control alguno. Somos totalmente indefensos. Según lo expresó nuestro Señor no podemos añadir ni “un codo” a nuestra estatura. Sin embargo, nos atrevemos a procurar medir a Dios. ¡Qué monstruosidad! ¡Qué locura! Significa que toda nuestra actitud es falsa y errónea; así quedará hasta que comprendamos que los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos y que sus caminos no son nuestros (Is. 55.8), hasta que aceptemos además su afirmación que “como los cielos son más altos que la tierra, así mis caminos son más altos que tus caminos y mis pensamientos que los vuestros”. Evidentemente hay cosas que no podemos comprender ni sondear. Esta es la gloria del camino de salvación de Dios; es por esto que ofrece esperanza para todos. ¿No lo puedes comprender? ¿Estás tentado a cuestionar, a argumentar y preguntar? Tu respuesta está en las palabras de San Pablo: “¿Quién eres tú, para que alterques con Dios? Dirá el vaso al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así?”

“Pero ese no es un argumento justo”, quizá digas. “Es más bien una prohibición y el ejercicio de una autoridad injusta”. A lo cual debo responder que jamás debimos argumentar con Dios y que nunca debimos haber partido de la presunción de que iba a ser una discusión entre dos personas iguales.

Dios está en el cielo y nosotros sobre la tierra. Dios es santo y nosotros pecadores. Dios sabe todas las cosas y ve el fin desde el principio. Nosotros somos ignorantes y ciegos como resultado del pecado y miserables esclavos del tiempo. En última instancia esa es la única teodicea necesaria.

Al hombre que no cree en Dios le es imposible creer o comprender las acciones de Dios. Cuánto más creemos verdaderamente en Dios y cuanto más comprendemos de su naturaleza y carácter santos, tanto más comprenderemos sus caminos.

Aun cuando no podamos comprender estaremos cada vez más dispuestos a decir con nuestro Señor:

“Mas tu voluntad sea hecha y no la mía”. En un sentido cualquier intento de justificar a Dios y a sus acciones me parece casi pecaminoso y estoy tentado a decir que cualquiera que formula preguntas y críticas en realidad no está procurando comprender a Dios sino a sí mismo y a la vida que lleva.

Habiendo dicho esto, quisiera instar a que consideremos la naturaleza fugaz de nuestra existencia aquí en la tierra y nuestra completa dependencia de Dios que no sólo es nuestro Hacedor, sino que también será nuestro Juez. Dios no necesita defensa pues está en el Trono. Él es el Juez de toda la tierra. Su reino no tiene fin. ¡Deja de cuestionar y argumentar! ¡Arrodíllate delante de El! ¡Adórale a El! Corrige tu actitud y comenzarás a comprender sus acciones. ¡Qué tremenda la arrogancia del pecado!

II. Tal es el asombroso amor de Dios que no lo deja allí. A pesar de la enormidad de nuestro pecado El condesciende a razonar con nosotros, se digna explicarse a Sí mismo. Sólo el eterno amor pudo tener tal paciencia con criaturas perversas y obstinadas como nosotros. Tenemos aquí un ejemplo típico de tal razonamiento. Se expresa en una exposición de la ignorancia demostrada en esta actitud hacia Dios.

Ya hemos visto que se debe a una falla fundamental de no comprender la naturaleza de Dios y de nuestra verdadera relación con El. Pero hay otras maneras en que nuestra ignorancia tiende a desviamos. Podemos ilustrarlas demostrando cómo este pasaje responde a las preguntas que han sido formuladas, y da conocimiento que resuelve varios problemas que tienden a confundir las mentes de los hombres.

1. Los hijos de Israel cuestionaban el poder de Dios y dudaban de que pudiera hacer algo para salvarlos a ellos o de la situación, del mismo modo como los hombres en la actualidad tienden a dudar del poder de Dios. ¡Qué ignorancia total! Escuchemos: “Yo hice la tierra, y creé sobre ella al hombre.

“Yo, mis manos, extendieron los cielos, y a todo su ejército mandé”. Esa es la medida de su poder. El Dios a quien adoramos, el Dios que es Padre de nuestro Señor y Salvador Jesucristo es también el Creador. Por una mera palabra lo hizo todo. El habló y se llevó a cabo. Leamos acerca de sus acciones en el Antiguo Testamento, de sus maravillosos hechos. Su nombre “El” significa el Poderoso o el Fuerte. ¿Dudas de su poder para controlar a los hombres? Isaías ya te ha dado la respuesta. “He aquí que las naciones le son como la gota de agua que cae del cubo, y como menudo polvo en las balanzas le son estimadas; he aquí que hace desaparecer las islas como polvo”. “Como nada son todas las naciones delante de él y en su comparación será estimadas en menos que nada, y que lo que no es.”

Estas no son meras palabras, ni el resultado del vuelo de una imaginación poética. Si queremos comprobar que son verdad leamos los libros de historia secular que confirman la historia y las enseñanzas del Antiguo Testamento. Cuando Isaías dijo estas palabras la situación de Israel parecía desesperante. Habían sido conquistados y serían llevados en cautividad por el poder más grande que el mundo haya conocido. Parecía imposible que regresaran algún día. Sin embargo volvieron. No fue por su propia acción, porque nada podía hacer; fue sencillamente una manifestación del tremendo poder de Dios. Quizá preguntes: ¿El mal como principio no es más poderoso? La respuesta es esta:

“Yo formo la luz y creo las tinieblas… hago la paz y creo la adversidad. Yo Jehová soy el que hago todo esto”. Crear adversidad no significa crear el pecado. Significa que El hizo que la tristeza, la miseria y la desgracia sean consecuencia y resultado del pecado. Más aún, la Biblia enseña que el pecado y Satanás no escapan ni están fuera del control de Dios. Él les permite actuar, pero les pone límites y finalmente los destruirá. ” ¿Por qué les permite ahora”?, preguntas. La respuesta es:

“Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así?” No tenemos una respuesta terminante pero esto sabemos, que cuando la muerte, el infierno, y la maldad ejercieron su máximo y total poder contra nuestro Señor y Salvador Jesucristo, fueron completamente vencidos y derrotados por la manifestación más poderosa de poder que el mundo jamás haya conocido, cuando Él se levantó triunfante de los muertos. “Para Dios todo es posible”. Él es Todopoderoso; su poder no tiene límite.

2. ¿Qué de su amor, su preocupación por nosotros? Cuanto más enfatizamos su poder más agudamente surge esta segunda pregunta: ¿Nos ama? ¿Tiene interés en nosotros? ¿Por qué no hace algo, entonces? Tales eran las preguntas formuladas por Israel; los hombres y las mujeres en la actualidad preguntan lo mismo. Dios responde a las preguntas revelando al profeta lo que estaba haciendo y lo que se proponía hacer. Corrigió la terrible ignorancia que existía respecto de su amor y su interés por el pueblo. Demostró que estaba trabajando silenciosa y discretamente todo el tiempo.

“Yo (a Ciro) lo desperté en justicia, y enderezaré todos sus caminos; él edificará mi ciudad, y soltará mis cautivos, no por precio ni por dones, dice Jehová de los ejércitos”. Pensaban que El no hacía nada. Todo el tiempo estaba trabajando y llevando a cabo sus propósitos. ¿Se había olvidado de Israel? ¿No tenía interés en ellos? Tenía preparado para ellos un grande y glorioso futuro y para ese fin estaba haciendo provisión para ellos.

A pesar de su desobediencia y pecado, a pesar de todo lo que era verdad acerca de Dios y su actitud hacia El, todavía amaba a Israel y planeaba su salvación. Isaías ya no puede controlarse y exclama:

“Verdaderamente tú eres Dios que te encubres, Dios de Israel, que salvas”. El vio que Dios todavía era el Dios de Israel y así como lo había salvado de Egipto y del Mar Rojo, del desierto y de sus enemigos, los salvaría de todas sus calamidades. Si has creído en El por medio de Jesucristo, si te has arrepentido y aceptado su gran salvación te aseguro que no importa cuán tenebroso y difícil sea lo que te está ocurriendo y cuán imposible de comprender, El sigue siendo tu Dios, que te ama todavía y cuida de ti, y todavía tiene vigencia la promesa:

“No te dejaré, ni te desampararé”. Sí, así lo expresó perfectamente Pedro a los que sufrían tribulaciones que no llegaban a comprender: “Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo; echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros”. Nunca dudes de que Él te cuidara.

3. Quizá nuestra ignorancia sea mayor con respecto a los caminos de Dios. Este es uno de los grandes temas de Isaías como ya hemos visto en algunas de nuestras citas y se destaca tan notablemente en nuestro texto. Sus caminos no son nuestros caminos. Al no poder entender tendemos a dudar y a cuestionar. ¡Qué insensatez! “Dios obra por senderos misteriosos las maravillas que el mortal contempla”.

Pareciera que hace exactamente lo opuesto de lo que nosotros esperamos. Usó a Ciro, un gentil, para salvar a su pueblo escogido. A veces no parece hacer nada.

Pasan años y largos períodos cuando Dios parece estar inactivo y en nuestra impaciencia clamamos: “¿Por cuánto tiempo?” Dios parece haber perdido el control y todo aparentemente sale mal. Qué insensatez pensar de ese modo. Parecía haberse olvidado de su pueblo en Egipto, pero a su tiempo y en su manera, eventualmente los hizo salir. Permitió que estuvieran setenta años en Babilonia pero había planificado su retorno a Jerusalén antes de que fueran tomados cautivos. Durante cuatrocientos años la voz del profeta se había callado. No hubo palabra después de Malaquías.

Pero “cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos”.

Sigue actuando de esa manera a través de los siglos. Con Dios “mil años… son como el día de ayer”.

A su tiempo y a su manera El actúa, El obra. Todas las cosas han sido planificadas “desde antes de la fundación del mundo. El proyecto es perfecto; el plan es completo. Nada fallará. Leamos la historia del pasado y veamos como confirma las profecías. Luego leamos los profetas con respecto al futuro.

Después de hacer esto nos reiremos de nuestros temores y sobresaltos, nuestras predicciones de mal y nuestras dudas, y exclamaremos con Isaías: “Verdaderamente tú eres Dios que te encubres, Dios de Israel, que salvas”.

¿Qué otra cosa podemos decir? ¿Hay algún otro comentario que es adecuado para la situación? Sólo hay uno y es más grande aún, esa tremenda exclamación de San Pablo al contemplar el plan futuro de Dios para Israel y el mundo: “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A Él sea la gloria por los siglos. Amén”. Digamos también nosotros: ¡Amén y Amén!
Cristianismo Historico

viernes, 6 de abril de 2012

ES VIERNES...PERO EL DOMINGO VIENE

Texto: Job  19:21-27

21 »¡Compadézcanse de mí, amigos míos; compadézcanse, que la mano de Dios me ha golpeado! 22 ¿Por qué me acosan como Dios? ¿No les basta con desollarme vivo?

23 »¡Ah, si fueran grabadas mis palabras, si quedaran escritas en un libro!

24 ¡Si para siempre quedaran sobre la roca, grabadas con cincel en una placa de plomo!

25 Yo sé que mi redentor vive, y que al final triunfará sobre la muerte.

26 Y cuando mi piel haya sido destruida, todavía veré a Dios con mis propios ojos.

27 Yo mismo espero verlo; espero ser yo quien lo vea, y no otro. ¡Este anhelo me consume las entrañas!

Introducción:

A- Pascua: Tiempo de reflexión

B- Pascua: Tiempo de gratitud

C- Pascua: Tiempo de expectativa

Proposición:

EN EL DESARROLLO DE LOS ACONTECIMEITNOS DE ESTOS TRES DIAS ENCONTRAMOS UN CLARO MENSAJE DE FE Y ESPERANZA PARA TODO AQUEL QUE ESTE PASANDO POR MOMENTOS DE DIFICULTAD.

O.T.: Prestemos atención al significado de cada día

I- VIERNES: TIEMPO DE AFLICCIÓN

A- Los padecimientos tanto de Cristo como de sus discípulos y de María su madre, representan los padecimientos de todos aquellos que sufren por diversas circunstancias.

B- La pérdida que significaba la muerte del Maestro, representa las pérdidas que frecuentemente debemos sufrir, pérdidas familiares, pérdidas económicas, pérdidas en diferentes áreas de nuestras vidas

C- La decepción de aquellos que esperaban la liberación de Israel, representa la decepción de muchas personas que comienzan a perder sus esperanzas y ven que las cosas no son como ellos quisiera que sean

D- Es viernes… pero el domingo viene

II- Sábado: tiempo de incertidumbre

A- La incertidumbre que produce la soledad, soledad que sentimos cuando alguien nos da la espalda, cuando perdemos un ser querido, etc.

B- La incertidumbre que produce la frustración, que se experimenta cuando la poca esperanza que tenemos se va acabando y las evidencias nos dicen que todo está terminado, que no vale la pena luchar más.

C- La incertidumbre que produce la incomprensión, que se hace evidente cuando no le encontramos lógica a los acontecimientos y las circunstancias que nos rodean, cuando no entendemos porqué Dios permite lo que permite.

D- Es sábado… pero el domingo viene

A- Los viernes de aflicción no duran toda la vida

B- Los sábados de incertidumbre no duran toda la vida

C- El domingo viene…

1- El domingo viene y trae la intervención divina

2- El domingo viene y trae consuelo

3- El domingo viene y trae nuevas fuerzas

4- El domingo viene y trae esperanza renovada

5- El domingo viene y trae gran victoria

Conclusión:

A- Tu domingo de resurrección llegará

B- Tu domingo de resurrección llegará pronto

C- Tu domingo de resurrección llegará y podrás gritar

“yo sé que mi redentor vive y que al final triunfará”

por Alberto Santiago Calviño

lunes, 2 de abril de 2012

Enfrentado lo inesperado

“Y dijo Manoa a su mujer: Ciertamente moriremos, porque a Dios hemos visto. Y su mujer le respondió: Si Jehová nos quisiera matar, no aceptaría de nuestras manos el holocausto Y la ofrenda, ni nos hubiera mostrado todas estas cosas, ni ahora nos habría anunciado esto”.
Jueces 13.22 y 23

Estas palabras son el sencillo pero profundo testimonio de cómo el padre y la madre de Sansón reaccionaran ante las mismas circunstancias difíciles y críticas en que repentinamente se encontraron.

Pero no son sólo un testimonio sino a la vez constituyen un juicio. El testimonio de lo que estas dos personas hicieron y dijeron nos habla acerca de ellos mismos y los juzga. El verdadero significado de la palabra crisis es juicio, de modo que toda crisis por la cual tenemos que atravesar incidentalmente es también un período de prueba para nosotros. Como vemos tan claramente en esta antigua anécdota, la crisis, entre otras cosas, destaca en forma muy definida dos cosas de vital importancia con respecto a nosotros.

En primer lugar, demuestra exacta y precisamente qué clase de persona somos en la realidad.

Podemos leer todo el capítulo que precede a nuestro texto y no conocer verdaderamente cómo eran Manoa y su esposa. Hasta que lleguemos a estos versículos es casi imposible evaluar a estas dos personas y decir cuál de las dos es más fuerte o de carácter más noble. Pero aquí en estos dos versículos, repentinamente y en un pantallazo llegamos a conocerlos de verdad, y es sumamente fácil formar una opinión y una estimación. La mujer de Manoa se destaca no sólo por contraste con su esposo sino como una de las mujeres más notables de la Biblia.

Esto nos recuerda un principio que es universal. En tiempos normales, cuando la vida se desarrolla en su curso regular, todos logramos desempeñamos bien.

Adoptamos un cierto estándar y determinada actitud hacia la vida, y tenemos suficiente tiempo y tranquilidad para cumplir con esas normas. Observamos las reglas y nos conformamos a las distintas normas reconocidas. Profesamos Y protestamos con respecto a lo que pensamos y creemos, y en cuanto a lo que proponemos hacer frente a ciertas posibilidades hipotéticas. Damos así a otros cierta impresión de nosotros mismos y de qué clase de personas en realidad somos. No quiero sugerir con esto que toda la vida es un tremendo engaño y fraude pero sí que inconscientemente todos tendemos a actuar en la vida engañando así no sólo a otros sino también a nosotros mismos. Es tan fácil vivir una vida artificial y superficial y persuadimos que en realidad somos lo que quisiéramos ser. El actor en nosotros es fuerte y en estos tiempos, cuando la tiranía de las convenciones y formas sociales ha sido tan fuerte, una de las cosas más difíciles de la vida es poner en práctica el consejo del antiguo filósofo: “Conócete a ti mismo”. Ahora bien, si nosotros encontramos dificultad en hacer esto, un tiempo de prueba y crisis invariablemente lo logrará por nosotros.

Nos llega repentinamente y nos encuentra con la “guardia baja”. No hay tiempo para recordar las convencionalidades y las costumbres, no hay oportunidad de ponemos la máscara, debemos actuar instintivamente. Salta entonces a la vista lo natural, lo real y lo verdadero.

Una crisis nos prueba también en un sentido más profundo, especialmente en cuanto a nuestras profesiones y protestas. La sabiduría del mundo nos recuerda que el verdadero amigo se demuestra en la adversidad. Lo que no hace en momentos de necesidad es lo que realmente proclama lo que él es, y no las promesas y sentimientos generales expresados profusamente durante un período de tranquilidad.

En verdad, nuestro Señor nos advirtió repetidamente de este peligro en las siguientes palabras:

“No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”. Nuestro comportamiento en tiempo de necesidad, dificultad y crisis proclama lo que en realidad somos; y es por esto que tales períodos siempre son de triste desilusión, decepción y extrañas sorpresas. Aquellos que han hablado más fuertemente de repente están en silencio y los que prometían hacer tanto desaparecen silenciosamente.

Lo que es más importante de nuestro punto de vista y para el propósito que nos ocupa, es comprender que los períodos de crisis y de dificultad también prueban y demuestran muy claramente en qué creemos realmente y la naturaleza de nuestra fe. Después de todo, sólo ver la grandeza de la madre de Sansón como mujer de carácter fuerte, es no comprender lo que es más significativo de esta historia.

Lo más notable es la fe, la percepción, la comprensión, el firme dominio de su creencia, que la transformó y que permitió que avergonzara a su esposo y le reprendiera por su debilidad y temor. La Biblia no tiene mucho interés en la grandeza natural del carácter, su tema central es grandeza como resultado de la gracia. Las condiciones de prueba en que Manoa y su mujer se encontraron revelan de inmediato la naturaleza y por tanto, el valor preciso de su profesión de fe. Tenemos aquí otro principio universal que se desarrolla y manifiesta en diferentes formas.

Es posible que hayamos sido criados en un ambiente religioso rodeados desde nuestro nacimiento de enseñanza religiosa. Por ser criados de esta manera hemos recibido ciertas enseñanzas y estamos familiarizados con algunas verdades religiosas.

Todos los que nos rodean parecen creerlo y con el tiempo nosotros mismos las repetimos y consideramos que verdaderamente las creemos. Jamás pensamos en la necesidad de examinar estas creencias y menos todavía de dudar de ellas. Aceptábamos todo sin pensar muy profundamente acerca de ello. Descontamos que todo estaba bien y que nosotros mismos estábamos en lo correcto.

No habíamos procurado comprender verdaderamente estas declaraciones acerca de la religión y entenderlas.

No nos habíamos preocupado realmente en absorber sus enseñanzas. Según le oí decir a cierto hombre, tomamos nuestra religión en la misma forma que diariamente nos servimos de pan y manteca en la mesa. Mientras todo anda bien proseguimos con nuestra religión y sus deberes descontando que tenemos lo verdadero y correcto, sin sospechar siquiera que hubiese alguna necesidad o que falta algo.

Pero repentinamente nos enfrentamos con una dificultad, un problema y al encarar esto encontramos que nos comportamos y reaccionamos precisamente en la misma manera que los hombres y mujeres que jamás afirmaron ser religiosos. Estábamos igualmente indefensos y desesperanzados. Nuestra religión no parecía hacer diferencia alguna en la crisis.

Nada hay nada más triste y trágico en la vida y experiencia de un ministro que encontrar a personas de este tipo cuya religión no parece proveerles nada, o ser de algún valor cuando se enfrentan con las mayores necesidades y crisis de la vida tales como enfermedad, la pérdida de seres queridos, tristeza, catástrofe, calamidad o guerra. Parecían ser tan excelentes ejemplos de personas religiosas. Jamás habían sido culpables de afirmaciones herejes o de violaciones groseras de la moral. Parecían ser en tiempos normales el tipo ideal de personas religiosas. Sin embargo cuando su religión fue puesta a prueba y la necesitaron sobremanera demostró ser inútil y sin sentido. Hemos conocido personas así ¿verdad? Hay otros que también pertenecen a este grupo, pero no por las mismas razones.

Me refiero a aquellos cuyo interés en la religión ha sido mayormente, y quizá exclusivamente, intelectual. No podemos decir de ellos, como de los que acabamos de considerar, que no han pensado pues sí lo han hecho. Su interés en la religión ha sido su principal pasatiempo intelectual. Han leído y razonado, debatido y argumentado.

Tienen interés en ella como un enfoque de la vida y se han interesado en sus diversas posiciones y proposiciones. Pero todo el tiempo su interés ha sido puramente objetivo. La religión era tema de conversación y debate, algo que uno podía tomar o dejar. Nunca se había convertido en parte de su misma experiencia. Nunca había llegado a ser parte de ellos y de sus vidas. No había sido parte experimental y vital de su existencia. Parecían conocerlo todo, pero aquí nuevamente, en la crisis todo su conocimiento y su interés resultó ser inútil y sin valor alguno.

Un ejemplo clásico de esto, fue Juan Wesley antes de su conversión. En un sentido él conocía bien acerca de la religión, pero al cruzar el Atlántico en una terrible tormenta que parecía conducirlos a la muerte sintió que nada tenía. Experimentó el miedo de morir y miedo de todo. Le impactó el contraste presentado por los Hermanos Moravos que viajaban en el mismo barco. En comparación con Wesley eran hombres ignorantes pero su religión significaba algo real y vital para ellos. Los sostuvo en la tormenta, les dio paz y calma, y gozo aun al enfrentar la muerte. La religión de Wesley parecía ser excelente. Daba todos sus bienes a los pobres, predicaba en las cárceles y cruzó el Atlántico para predicar a los paganos en Georgia. Era un hombre de vastos conocimientos religiosos. Sin embargo, la prueba le reveló a él y a otros la naturaleza de su religión que demostró ser inútil. Un período de crisis, entonces, nos prueba a nosotros y a nuestra fe, del mismo modo como probó a Manoa y a su mujer.

La tragedia es que tantos de nosotros nos asemejamos a los primeros mencionados y no a estos últimos. Estamos ansiosos de ser bendecidos y esperamos que la religión nos dé todos los dones y bendiciones que tiene que damos. Como Manoa podemos ser fervientes en nuestras oraciones y juzgando por las acciones y por nuestra apariencia exterior, podemos aparentar y ser en verdad, personas sumamente devotas. Mientras todo anda bien y nuestras oraciones reciben respuestas y todos nuestros deseos parecen ser gratificados, estamos llenos de alabanza y acción de gracias, así como Manoa cuando fue concedida su petición. Entonces, repentinamente, algo sucede que no comprendemos. Algo toma lugar que es total-mente inesperado. Las nubes vienen, el cielo se oscurece, y todo parece salir mal.

La situación es perpleja e incomprensible y todo lo contrario de lo que esperábamos y anticipábamos.

Ahora bien, con demasiada frecuencia cuando nos enfrentamos con una situación así nos comportamos como Manoa claudicamos y perdemos totalmente la esperanza. Arribamos a conclusiones apresuradas y casi invariablemente a la peor conclusión posible. Más aun, esta “conclusión peor” a la que arribamos con tanta facilidad es frecuentemente una conclusión basada sobre la misma premisa que le llevó a Manoa a su peor conclusión, esto es, que de alguna manera Dios está contra nosotros, y que todo lo que fervorosamente habíamos imaginado ser una expresión de la bondad y la benignidad de Dios no era más que una ilusión.

Digo todo esto basado en las afirmaciones hechas por hombres y mujeres cuando se han enfrentado con tales crisis. Qué dispuestos están a formular preguntas que jamás debieran hacerse, preguntas que implicaban la afirmación que de alguna manera Dios no era justo con ellos, o que Dios no es consecuente con sus promesas. Por cierto que esta desconfianza hacia Dios es el enemigo más persistente de la raza humana; en verdad el enemigo más persistente del cristiano en particular.

Me refiero a esta sugerencia que el enemigo de nuestras almas está siempre dispuesto a insinuar en nuestras mentas y corazones de que Dios está contra nosotros, o por lo menos, que Dios no se preocupa de nosotros y nuestro bienestar. Los viejos conceptos paganos, la antiguas ideas supersticiosas se adhieren tenazmente a nosotros y están siempre a la expectativa para presentarse como explicaciones cuando nos enfrentamos con una situación incomprensible que nos tiene perplejos.

Si sólo nos quejáramos de la situación, nuestro caso no sería tan serio aunque indicaría un cristianismo muy pobre y débil. Nosotros tendemos a ir más allá. Nos quejamos y murmuramos no sólo de lo que nos está aconteciendo sino de Dios mismo.

Hacemos declaraciones que, por más cautela que utilicemos al formularlas, sugieren fuertemente que dudamos de El y de su bondad para con nosotros.

Es casi innecesario señalar todo lo que está involucrado en tal estado. Sin embargo, debemos indicar en qué forma terrible deshonra a Dios. Es la causa central de todos los males; es el pecado de todos los pecados, es el pecado de la incredulidad.

No nos compete a nosotros comparar pecado con pecado pero la Biblia muestra muy claramente que una falla en la conducta, o aun una caída moral, no es nada en comparación con el pecado de incredulidad. Este exhibe una actitud que es fundamentalmente hostil y contraria a Dios mientras que lo otro no es más que una manifestación de debilidad y fragilidad humanas. Dudar de Dios y de su bondad es un pecado mucho más atroz que no obedecerle o dejar de cumplir sus mandamientos.

No, creo que sea necesario explayamos más sobre el particular.

Esta condición es también totalmente indefensa cuando nos consideramos a nosotros mismos con respecto a otras personas. Manoa debiera haber ayudado y fortalecido a su mujer. Lo natural hubiera sido que ella se apoyara en él. Afortunadamente ella no dependía de él, pues el colapso de Manoa hubiera llevado a una caída mayor aun en su caso. No siempre son así los hechos. Dentro de la vida cristiana y de la Iglesia siempre hay personas que se apoyan en nosotros y dependen de nosotros.

Esto es, a la vez, nuestro privilegio y nuestra responsabilidad. Cuando fallamos, por tanto, otros están involucrados en nuestro fracaso. Y cuando comprendemos que siempre están aquellos fuera del cristianismo que miran a los cristianos especialmente en tiempos de dificultad y tensión, nuestro fracaso es todavía más reprensible.

Aun desde nuestro punto de vista estrictamente personal este comportamiento similar al de Manoa es totalmente malo. Lleva a un estado de desdicha y desesperanza.

Significa que estamos tristes y miserables, agitados y alarmados, llenos de temores y presentimientos malos y además con todo lo que esos sentimientos involucran.

Más importante aún, en ese estado y condición estamos propensos a decir cosas, como lo hizo Manoa, que luego lamentamos y deploramos por el resto de nuestra vida.

Aunque sólo sea por estas razones debemos tener cuidado. Pero todo esto es negativo y ahora procederemos al enfoque positivo. No es necesario actuar como Manoa. Su esposa nos demuestra claramente cómo podemos evitarlo. Dios quiera que aprendamos la lección ahora, de modo que venga lo que viniera en el futuro estaremos dispuestos y preparados, armados y capacitados para anticipamos al enemigo que ciertamente vendrá con su insinuación de que Dios nos está fallando, o que definitivamente está en contra nuestro.

La enseñanza se divide naturalmente en dos secciones principales:

1. Primero debemos considerar lo que hizo esta mujer. La respuesta es sorprendente y asombrosa, ella sencillamente pensó y razonó ¡Qué sencillo! Las razones del fracaso son muchas. Destaco sólo dos que he visto con más frecuencia. La primera es la que podemos llamar en general un espíritu anti-intelectual con respecto a la fe. No siempre se lo reconoce como tal ni se advierte, pero ha habido mucho de esta actitud hacia la religión durante los últimos años. Pensamientos precisos, definiciones y dogmas han sido desvirtuados. Todo el énfasis ha sido colocado sobre la religión como un poder que puede hacer algo por nosotros y nos puede hacer felices.

La parte emocional y sentimental de la religión ha sido sobre enfatizada a expensas de lo intelectual.

En verdad, podemos decir que al aspecto y al elemento milagroso de la religión cristiana le ha sido dado un lugar de excesiva preponderancia.

Con demasiada frecuencia se lo ha considerado meramente como algo que da una constante serie de liberaciones milagrosas de toda suerte y forma de males. Los slogans de que tanto hemos oído atestiguan esto. Las frases más frecuentemente utilizadas han sido: “Prueba la fe” o” “Prueba la oración” y a menudo se ha dado la impresión que sólo tenemos que pedir a Dios todo lo que pudiéramos necesitar y seremos satisfechos. Ese aspecto práctico de la religión ha sido recalcado sin destacar las condiciones y todo el plan de salvación, ni de la revelación de la naturaleza y los propósitos de Dios según los revela la Biblia.

La clase de religión más popular ha sido la que se representa como “bastante fácil” y “bastante sencilla”, y que parece hacer todo por nosotros sin demandar nada de nosotros. Quizá nunca antes la distinción entre la religión cristiana y los varios cultos y agentes psicológicos que procuran ayudar a los hombres ha sido más confusa y oscura que durante los últimos veinte años. Los grandes principios, el poderoso trasfondo, el contenido intelectual y teológico de nuestra fe no han sido enfatizados y en verdad, a menudo han sido desechados como no esenciales. Hemos estado tan ocupado con nosotros mismos, nuestros estados de ánimo, nuestros sentimientos y estado interior que cuando nos enfrentamos con problemas externos que nos afectan profundamente, sin embargo, no sabemos cómo pensar o dónde comenzar.

La otra razón que explica por qué no pensamos, como lo hizo esta mujer, es que en una crisis repentina quedamos aturdidos y dejamos que nos atropellen. Estoy dispuesto a conceder que esto se deba en parte a causas físicas o nerviosas, pero no en su totalidad. En tales condiciones tendemos a bajar la guardia y dejamos caer.

Nos abandonamos y dejamos de luchar y de hacer un esfuerzo positivo. No sólo perdemos el control sino que en cierto sentido deliberadamente nos relajamos y cedemos.

No es sólo holgazanería sino la manifestación que los efectos intoxicantes de una calamidad, una catástrofe, o una crisis tienden a imponer sobre nosotros.

¡Qué fácil es gritar o exclamar o ceder a algún otro impulso que por cierto surge en tales ocasiones! ¡Qué fácil soltar las riendas del auto-control y el dominio de nosotros mismos!

Esta mujer, la madre de Sansón, se destaca como un glorioso ejemplo de todo lo opuesto. Hizo lo que todos nosotros debiéramos hacer en circunstancias similares.

Viendo y observando el colapso de su esposo, su temor y su lloriqueo, y al escuchar sus presentimientos de mal, sus oscuras profecías y sus dudas de la bondad de Dios, ella no grita ni exclama; no da lugar a la histeria cayendo finalmente en un estado de inconsciencia; no formula preguntas irreverentes ni quejas contra Dios; ella piensa, razona, medita el asunto y con lógica magnífica arriba a la única conclusión que es verdaderamente válida. Puede parecemos extraño y raro que, en medio del desastre y dificultades apremiantes, la religión cristiana en lugar de actuar como una droga o un amuleto que hace todo lo que necesitamos, y repentinamente pone todo en orden, nos pide, más bien nos manda, que pensemos y que empleemos la lógica.

Pero esta es la enseñanza no sólo aquí sino en toda la Biblia. Resumiendo, las instrucciones son las siguientes.

1. No hables hasta que hayas analizado el asunto. Domínate, contrólate, especialmente tus labios. No digas nada hasta que hayas pensado y pensado profundamente. Como lo expresa Santiago sé “tardo para hablar”.

2. Haz un esfuerzo positivo y piensa activamente. No contemples meramente los hechos permitiendo que ciertos pensamientos se repitan en tu mente. Piensa en forma activa Considera que es tu deber pensar como jamás hayas pensado antes, y como si el mismo carácter de Dios y su justificación delante de los hombres dependiera de ti. El enemigo te ha atacado especialmente en la esfera de tu mente. ¡Resístelo y derrótale!

3. Parte de la suposición que si bien puede haber otras cosas que son verdad y de que es posible que comprendas muy poco, una cosa es segura y absoluta: la insinuación del enemigo respecto de Dios es y tiene que ser errónea.

4. Luego procura considerar todos los hechos que influyen y no meramente uno, o algunos. En cierto sentido Manoa era muy lógico. Él sabía que cualquiera que veía a Dios debía morir. Su problema era que consideraba ese hecho solamente sin tomar en cuenta los otros factores que estaban a su disposición y por tanto arribó a una conclusión falsa. Partiendo de un solo hecho arribó apresuradamente a su conclusión.

¡Con cuánta frecuencia hemos nosotros también hecho esto! Evita esto procurando considerar otros factores. Coloca el problema en la luz de su contexto más amplio. Allí, entonces, vemos por la acción de la mujer de Manoa lo que nosotros debemos hacer en circunstancias similares. Debemos pensar y razonar.

Afortunadamente la lección prosigue. Pues no sólo se nos dice lo que ella pensó, sino que se nos da el resultado de su razonamiento y lógica.

II. Podemos considerar entonces, en segundo lugar lo que esta mujer dijo. Sus conclusiones son tan válidas hoy como cuando ellas las expresó. Sencillamente declaró en su manera y en su idioma, y en el contexto de los eventos que ella y su marido enfrentaban, lo que San Pablo dice y argumenta constantemente en sus epístolas.

En verdad, tenemos aquí un maravilloso y muy pintoresco resumen y compendio de toda la enseñanza consoladora del Nuevo Testamento. Resumiré lo que ella dijo en forma de una serie de proposiciones.

1. El primer principio es que Dios no es caprichoso. “Si Jehová nos quisiera matar”, argumenta la mujer, “no aceptaría de nuestras manos el holocausto y la ofrenda”. Parecía en el momento que Dios repentinamente iba a revertir todo lo que había estado haciendo. Habiendo disfrutado hasta ahora de la sonrisa de Dios sobre ellos parecía que sin causa o razón visibles ahora él mostraba su desaprobación y estaba a punto de destruirlos. Las circunstancias a menudo parecen damos esa impresión.

De repente todo parece salir mal y estar obrando en la dirección opuesta, y nos llega la insinuación de que Dios no está realmente interesado en nosotros y ni se preocupa por nosotros. Toda su bondad del pasado y sus bendiciones parecen mofarse de nosotros. Estamos tentados a pensar que Dios es como algunos potentados y tiranos que se deleiten en jugar con sus víctimas, aumentar su terror y su tortura, aparentando al principio ser bondadosos con ellos. No hay nada más humillante que produce tanta tensión como estar a la merced o bajo obligación de una persona que no es confiable, cuyos estados de ánimo cambian constantemente, y cuyos propósitos y acciones también varían. Ni por un momento puede uno sentirse seguro.

En cualquier momento algo puede ocurrir que es exactamente lo opuesto de lo que ha acontecido antes. No hay ningún sentido de seguridad o de paz. No hay esperanza cuando uno mira al futuro. De una cosa podemos estar absoluta y definitivamente seguros -Dios no es así-. Jamás se comportará de esa manera. Sean cuales fueren las apariencias esa no es la explicación. Por su misma naturaleza y carácter no hay cosa más gloriosa que la eterna constancia de Dios. Él es el Eterno, y sus decretos son eternos. Su bondad y su benignidad son para siempre. Sus tratos con los hijos de los hombres surgen de su misma esencia. Sus planes fueron hechos, leemos repetidamente, “antes de la fundación del mundo”. El ama con un “amor eterno”. Es el “Padre de las luces, en el cual no hay mudanza ni sombra de variación”

Él no dice una cosa y luego hace lo opuesto. No juega con nosotros ni se burla. En verdad “si Jehová nos quisiera matar, no aceptaría de nuestras manos el holocausto y la ofrenda”.

2. El segundo principio es que Dios nunca es injusto es sus tratos con nosotros. La madre de Sansón argumenta correctamente que si Dios los hubiese guiado a ella y a su esposo a hacer ciertas cosas sencillamente para castigar y destruirlos, sería un acto de total injusticia. Ella sabe que eso es inconcebible en lo que a Dios se refiere.

No es que comprende exacta y precisamente lo que les está ocurriendo, o cuáles el significado exacto de los eventos que están presenciando. Pero, sea cual fuere su significado, de esto ella está segura:

Dios jamás es injusto o malo. Al ver sólo un aspecto, o ángulo o fase de un problema o situación, a menudo no vemos la corrección o justicia de los eventos.

Esto se debe totalmente a nuestra visión restringida, además; nuestras mentes están deformadas y estamos manchados y pervertidos por el pecado. Nuestras ideas respecto de la rectitud no son verdaderas. Nuestro egoísmo empaña nuestra visión y envenena nuestro entendimiento. Ni siquiera sabemos lo que en última instancia es lo mejor para nosotros porque hay tanta oscuridad mezclada con nuestra luz. De modo que, en nuestra insensatez, estamos listos a acusar a Dios por ser injusto, o incorrecto. La esposa de Manoa vio la insensatez total, el error y el pecado de todo esto. A su manera proclamó: “Dios es luz y no hay ningunas tinieblas en El”, y formuló la pregunta ya hecha por Abraham: “¿El juez de toda la tierra, no ha de hacer lo que es justo?”

Tengamos cuidado de juzgar a Dios con nuestros débiles sentidos y digamos con esta mujer y el autor del antiguo himno:

Todo cuanto Dios permita

Obra para bien,

y deseo solamente

Responderle: “Amén”.

3. El tercer principio es que Dios nunca se contradice a Sí mismo ni a sus propósitos de gracia. Escuchemos la magnífica lógica de esta mujer. “Si Jehová nos quisiera matar… no nos hubiera mostrado todas estas cosas, ni ahora nos habría anunciado esto”. En efecto, se dirigió a su esposo y dijo: ¿Es concebible que el Dios que nos ha dado tan notables muestras de su presencia y su bondad ahora nos va a destruir? Más, ¿es concebible que Aquel que ha interferido en nuestras vidas y que ha venido a decimos que tiene ciertos planes reservados para nosotros y ciertos propósitos que ha determinado llevar a cabo en y por nosotros, es posible que habiendo iniciado todo esto ahora repentinamente lo termine todo? No presumo comprender pero para mí, es inconcebible que Dios comience un proceso y luego de repente lo revierta o lo destruya.

Tenemos aquí nuevamente en sus palabras lo que San Pablo declara tan frecuente y elocuentemente.

Dice: “Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo”. El argumento es más fuerte aun:

“El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” ¿Nos fallará Dios en lo más pequeño si ya nos ha dado lo más grande de todo? ¿Nos abandonará el amor de Dios, ese amor que fue tan grande como para mandar a su unigénito Hijo a la tortuosa muerte del monte Calvario? Es posible que no comprendamos lo que nos está sucediendo. Puede aun parecer equivocado, pero confiemos en El. Creamos cuando no podemos comprobar. Aferrémonos a su constancia, su justicia, sus eternos propósitos para nosotros en Cristo.

Consideremos estas cosas absolutas que son inconmovibles, edifiquemos nuestro caso lógicamente sobre ellos, permanezcamos firmes e inconmovibles, confiados que en última instancia todo se aclarará y será para bien.

Y habiendo llegado a este estado de ánimo y no antes, habla contigo mismo ya otros diciendo:

La obra que su bondad comenzó,

Su brazo potente consumará.

Su promesa es Si y Amén,

Y jamás fallará.

Cosas futuras, cosas de ahora,

Nada aquí abajo ni arriba,

Pueden su plan desviar,

ni mi alma de su amor separar.

Por D. Martín Lloyd – Jones
Publicado por: Cristianismo Historico