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viernes, 21 de septiembre de 2012

LLEGÓ LA PRIMAVERA, EL TIEMPO DE LAS BELLAS FLORES A LLEGADO...



Cantar de los Cantares 2 (RV60)

1 Yo soy la rosa de Sarón,
Y el lirio de los valles.
2 Como el lirio entre los espinos,
Así es mi amiga entre las doncellas.
3 Como el manzano entre los árboles silvestres,
Así es mi amado entre los jóvenes;
Bajo la sombra del deseado me senté,
Y su fruto fue dulce a mi paladar.
4 Me llevó a la casa del banquete,
Y su bandera sobre mí fue amor.
5 Sustentadme con pasas, confortadme con manzanas;
Porque estoy enferma de amor.
6 Su izquierda esté debajo de mi cabeza,
Y su derecha me abrace.
7 Yo os conjuro, oh doncellas de Jerusalén,
Por los corzos y por las ciervas del campo,
Que no despertéis ni hagáis velar al amor,
Hasta que quiera.
8 ¡La voz de mi amado! He aquí él viene
Saltando sobre los montes,
Brincando sobre los collados.
9 Mi amado es semejante al corzo,
O al cervatillo.
Helo aquí, está tras nuestra pared,
Mirando por las ventanas,
Atisbando por las celosías.
10 Mi amado habló, y me dijo:
Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y ven.
11 Porque he aquí ha pasado el invierno,
Se ha mudado, la lluvia se fue;
12 Se han mostrado las flores en la tierra,
El tiempo de la canción ha venido,
Y en nuestro país se ha oído la voz de la tórtola.
13 La higuera ha echado sus higos,
Y las vides en cierne dieron olor;
Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y ven.
14 Paloma mía, que estás en los agujeros de la peña, en lo escondido de escarpados parajes,
Muéstrame tu rostro, hazme oír tu voz;
Porque dulce es la voz tuya, y hermoso tu aspecto.

15 Cazadnos las zorras, las zorras pequeñas, que echan a perder las viñas;
Porque nuestras viñas están en cierne.
16 Mi amado es mío, y yo suya;
El apacienta entre lirios.
17 Hasta que apunte el día, y huyan las sombras,
Vuélvete, amado mío; sé semejante al corzo, o como el cervatillo
Sobre los montes de Beter.

Comentario a Cantares 2
Tomado de "Comentario Exegético-Devocional A Toda La Biblia."
Libros poéticos -Cantares Tomo-2. Editorial CLIE.
En este capítulo, I. Continúa el imaginario diálogo de la sulamita con su amado pastorcillo (vv. 1-6). II. Como vuelta de su 'sueño', se dirige a las damas de la corte (v. 7). III. Refiere, a continuación, un incidente del pasado (vv. 8-17).
Versículos 1-7
1. La sulamita se compara a sí misma humildemente con una modesta flor de los prados. El vocablo hebreo aparece aquí y en Is. 35:1. Suele traducirse por 'rosa', pero su significado es incierto y es más probable que se refiera al narciso, abundante en Palestina y muy estimado de los nativos. Sarán es la zona costera, llana, entre Yaffá o Joppe y Cesarea. El lirio de los valles, otra flor muy común, era, al parecer, una variedad de color rojo, según se desprende de 5:13. El Midras hace la siguiente aplicación: 'Los justos han de ser comparados al lirio del valle que dura mucho, no al lirio de la montaña que pronto se marchita'. En su humildad halla su humedad, mientras el de la altura no perdura.
2. Al oír esta modesta declaración. Salomón aprovecha la ocasión para lisonjear, una vez más, a la sulamita con un ingenioso cumplido (v. 2). «Sí, es verdad que eres un lirio -viene a decir-, pero eres como el lirio entre los espinos, ya que las doncellas de Jerusalén no son otra cosa que espinos si se las compara con tu hermosura sin par». La belleza de los creyentes consiste en parecerse a Jesucristo. Los buenos creyentes superan en belleza a los hijos del siglo como un parterre de rosas supera a una hilera de zarzas. Los malvados, 'doncellas del mundo', al no tener amor a Cristo, no son sino espinos, inútiles y dañosos. El pueblo de Dios son como lirios entre espinos que les dañan con su mala voluntad y los oscurecen con su altivez, pero Dios ama a los suyos y les protege de todo mal.
3. Sin dar oídos a la adulación de Salomón, la sulamita compara a su amado pastorcillo a un manzano, árbol que da fruto delicioso, no a un cedro que de nada sirve mientras no es cortado para vigas o muebles (v. 3), y recuerda cuan dulce le resultaba su compañía, por la sombra que le daba y el fruto que le ofrecía. Algo parecido, pero inmensamente mejor, hallan los creyentes junto al Señor (A) Sombra que refrigera y alivia a los cansados y fatigados (Mt. 11:28); (B) Alimento abundante (Jn. 10:9). La bodega (v. 4. lit. La casa del vino) significa el festivo banquete con que su amado la obsequia. También el Señor Jesús aprovechó la cena pascual como banquete de despedida de los suyos. «Su bandera sobre mi fue amor», continúa (v. 4b). Comenta Gesenio: 'Sigo tras la bandera de amor que mi amado despliega delante de mí, igual que los soldados siguen el estandarte militar y nunca lo abandonan'.
4. Estos pensamientos le producen tal nostalgia de su amado, que está a punto de desmayarse (v. 5) y pide estimulantes que la sostengan ¡Si tan fuerte fuese nuestra nostalgia por estar en la presencia del Señor! (Comp. Sal. 63:1-8).
5. El v. 6 se entiende mejor en optativo, puesto que su amado está ausente: «Esté su izquierda bajo mi cabeza, y su derecha me abrace» (Biblia de las Américas y New American Standard Tr.). En el Señor Jesucristo hallan los creyentes protección, soporte y amor sin par.
6. El v. 7 resulta difícil, pero su sentido es claro. Ante la insistencia de las damas de la corte para que la sulamita se deje enamorar por los requiebros de Salomón, ella responde que el amor no puede ser despertado desde fuera; tiene que nacer de dentro, tan libre y espontáneo como las gacelas y las ciervas del campo que no están enjauladas ni sujetas con cadenas, sino que corretean a su gusto por la campiña. Compárese con la delicada invitación del Señor Jesús en Ap. 3:20. El versículo viene a ser como el epifonema que cierra las secciones del libro (comp. 3:5; 8:4).
Versículos 8-17
Comienza aquí una nueva sección que acaba en 3:5, en la cual la sulamita refiere un incidente del pasado.
1. Cambia el escenario. Ya no estamos en el palacio de Jerusalén, sino en la residencia regia en el campo, probablemente al norte de Palestina. Pero los personajes son los mismos: La sulamita y las damas de la corte. El v. 8 debe traducirse como en la New International V.: «¡Escuchad! ¡Mi amado! ¡Mirad, aquí viene, etc.!». En su imaginación, la sulamita oye a distancia los pasos de su amado y le ve saltando sobre los montes y brincando sobre los collados. También Abraham vio a distancia el día del Señor Jesús y se regocijó (Jn. 8:56). Por el amor que nos tenía, el Señor Jesús vino dando grandes saltos: Del cielo al seno de una virgen; cargado con nuestros pecados, al madero (1 P. 2:24); del madero, a la tumba; de la tierra, al cielo. La maldición de la ley y la muerte en cruz han de ser soportadas, y hay que amarrar a todos los poderes de las tinieblas, pero, antes de las realizaciones de su amor, esas grandes montañas se convirtieron en llanuras. Cualquiera sea la oposición que se haga, en cualquier tiempo, a la liberación de la Iglesia de Dios, Cristo se abrirá paso por en medio de ella. Viene rápido, como el corzo y el cervatillo; el tiempo se les hacía largo, pero en realidad se apresuraba.
2. Vivamente se le representa su amado pastorcillo llegando ya al vallado, mirando por las ventanas y atisbando por las celosías (v. 9). Comenta Lehnnan: "El verbo hebreo para «atisbar» significa «chispear» y quizás insinúa que ella piensa que su rescatador está tan cerca que puede ver en ella el ardiente fulgor de los ojos de su amado'. Con la misma viveza (v. 10), se representa al amado respondiendo (Lit.), es decir, tomando la palabra, y diciéndole, etc. La invita a salir y a marcharse con él. Para mejor incitarla a seguirle, le dice que ha llegado ya la primavera con todas las agradables señales que anuncian la llegada de tan deseable estación del año:
Pasó el invierno y las lluvias de marzo y abril (v. 11), han brotado las flores (v. 12), llegó el tiempo de la poda (más probable que de la canción) de las vides, y se ha oído la voz (no el canto) de la tórtola (V. Jer. 8:7), anunciando la llegada de la primavera. Durante todo el invierno, las flores están muertas y enterradas en sus raíces; no queda ninguna señal de ellas; pero en la primavera revive y se muestran en toda su admirable variedad, y con todo el verdor y su múltiple colorido. Esta descripción de la primavera que retorna, como razón para venir a Cristo y con Cristo, es aplicable a la introducción del evangelio en la habitación de la dispensación de la Ley, durante la cual era invierno para la Iglesia. El evangelio de Cristo calienta lo que estaba frío y hace fructífero lo 'que antes estaba muerto y estéril; cuando llega a un lugar, pone en él gran belleza y gloria (2 Co. 3:7, 8). La estación primaveral es muy agradable; también lo es la dispensación de la gracia del evangelio. La liberación de la Iglesia del poder de sus enemigos perseguidores es como una primavera después de un invierno de sufrimiento y falta de libertad. Cuando han pasado las tormentas de la aflicción, cuando se oye la voz de la tórtola, el alegre sonido del evangelio de Cristo, predicado con toda libertad, levantémonos y vayamos, (comp. v. 13b).
4. Los higos de que habla el v. 13 no son los que maduran en agosto, sino los primerizos o brevas, que son deliciosas. Y las vides en flor difunden sufragando. Frutos primerizos y olor fragante se dan a conocer en la conversión de un pecador: salir del estado de la naturaleza al estado de la gracia es, también para él, el retomo de la primavera, un cambio total, un nuevo nacimiento. El alma que era dura y fría, estéril como la tierra en invierno, se vuelve fértil y fructífera como la tierra en primavera y, por grados también, como la tierra, produce su fruto hasta llevarlo a perfección. Este feliz cambio se debe únicamente a la influencia del sol de justicia. Un hijo de Dios, cuando está bajo el peso de dudas y temores, es como la tierra en invierno: las noches son largas y los días son oscuros y fríos; pero pronto retomará el consuelo: volverán a cantar los pájaros y aparecerán las flores. Levántate, pues, pobre alma, y ven. Los huesos que yacían en el sepulcro, como las raíces de las plantas en el suelo durante el invierno, reverdecerán como el césped (Is. 66:14, comp. con Is. 26:19). Aquello será un eterno adiós al invierno y una gozosa entrada en una perpetua primavera.
5. Tras esta descripción de la llegada de la primavera, la ilusionada sulamita escucha la voz de su amado que la invita de nuevo (v. 13b, comp. con v. 10b) a salir y marcharse con él. «Paloma mía», dice el pastorcillo, «que estás... en lo escondido de escarpados parajes» (v. 14). "Las palomas, dice Lehrman, hacen sus nidos en las hendiduras de las rocas y se resisten a salir de allí cuando están asustadas. El amante pastor, impaciente por la tardanza de ella en unirse a él, la urge a que deje su escondite". Así también, Cristo es la roca en la que el alma busca su refugio, como la paloma en las hendiduras de las rocas, cuando se siente perseguida por las aves de presa (Jer. 48:28). A la invitación, une el amado dulces requiebros.
6. El v. 15 es difícil de interpretar dentro de este contexto. Según Ryrie, 'ambos (el pastorcillo y la sulamita) resuelven tomar medidas contra todo lo que pueda echar a perder sus relaciones'. Según Lehrman, 'junto con el v. 14, podría ser una canción popular en el tiempo de la cosecha". F. Asensio viene a dar como probables ambas opiniones. Cabe otra interpretación: los hermanos de la sulamita la envían de nuevo a cuidar la viña (comp. con 1:6). Pero entonces, ¿cómo se explica ese plural «cazadnos »? Aunque la interpretación literal de este v. es tan difícil, la acomodación espiritual es sencilla. «El zorro, dice Watchman Nee, se come el fruto de la vid, pero las pequeñas raposas estropean los tiernos pámpanos». Esto es, según M. Henry, A) Un encargo a los creyentes a que mortifiquen sus apetitos pecaminosos, pequeñas raposas que destruyen las gracias, aplastan los buenos comienzos e impiden que lleguen a la perfección. Cazad las pequeñas raposas, los comienzos del pecado, de esos pecados que parecen insignificantes, pero son tan peligrosos. (B) Un encargo a todos a impedir la extensión de opiniones y prácticas que tienden a corromper el sano juicio de los hombres, a viciar las conciencias, a poner en perplejidad las mentes y a desalentar las inclinaciones a la virtud.
7. Los vv. 16 y 17 constituyen: (A) Una ferviente profesión del amor que la sulamita y el pastorcillo se tienen recíprocamente, a pesar de todos los esfuerzos de los hermanos de ella por separarlos; (B) Una tierna, amorosa y urgente llamada al amado para que vuelva, ligero como el corzo o como el cervatillo, hasta que soplen las brisas del atardecer (éste es el sentido de la primera parte del v. 17) y huyan las sombras al ponerse el sol que las ocasionaba. En vano esperó la sulamita, pues llegó la noche (3:1) sin que él apareciese viniendo sobre los montes de Báter. La Iglesia no duda de que llegará el frescor de la brisa del atardecer y de qué huirán las sombras presentes, para dar paso a las realidades futuras. El vocablo hebreo báther significa división o separación. Según esto, caben varias interpretaciones: (a) 'montes con quebradas intermedias" (probable, según Lehrman);
(b) 'montes de separación', por el corte que parece efectuar el horizonte (según Dhorme); (c) 'montes de división' de la víctima para el sacrificio (comp. con Gn. 15:10) en dos partes iguales (según Joüon y Robert-Toumay). Estas dos últimas opiniones son expuestas por F. Asensio al 'relacionar nuestro Báter, dice, con la raíz btr, separar o cortar'. Esta nostalgia de la sulamita por su amado puede aplicarse al Maran atha, ¡Señor, ven! que la Iglesia primitiva solía repetir en sus cultos con tensa y viva expectación de la Segunda Venida del Señor (V. el griego original de 1Co. 16:22, comp. con Ap. 22:20).
* Fuente:
Comentario exegético-devocional a Cantar de los Cantares
Original escrito por Matthew Henry a principio del siglo XVIII.
Traducido y adaptado al castellano por Francisco Lacueva.
© 1988 Derechos reservados por Editorial CLIE.

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