LOS MISTERIOSOS CAMINOS DE DIOS



Verdaderamente tú eres Dios que te encubres, Dios de Israel, que salvas. Isaías 45.15

Por D. Martín Lloyd – Jones. Este magnífico apóstrofe, esta exclamación de devoción y adoración, brota de los labios del profeta como resultado de la revelación que Dios le hizo de sus planes y propósitos. No registra una queja.

Expresa, más bien, su asombro por los maravillosos tratos de Dios. Es imposible saber si el profeta compartía el punto de vista del pueblo en general y era culpable de la misma falta de percepción y fe, pero la respuesta de Dios a los pensamientos y murmuraciones del pueblo le deja pasmado por su magnificencia y grandeza.

El estado de ánimo del pueblo se describe en términos vívidos y notables en los primeros versículos del capítulo. Estaban perplejos y confundidos, es más, estaban llenos de dudas y cuestionamientos.

Todo esto, por supuesto, como resultado de la situación en que se encontraban y por los eventos que se estaban desarrollando.

Además de esto estaba el anuncio del camino de liberación que Dios proponía y estaba dispuesto a emplear. Los hechos eran estos: Los hijos de Israel como nación y como pueblo, estaban experimentando una constante serie de derrotas militares y humillaciones. Sabían que eran el pueblo elegido, el especial pueblo de Dios, y sin embargo, se estaban debilitando más y más y sus enemigos -paganos y extranjeros de la comunidad de Israel- se estaban fortaleciendo constantemente. La tierra de Israel había sido atacada repetidas veces y sus ejércitos derrotados. El enemigo se había apoderado de sus más valiosos tesoros llevando cautivos a gran cantidad del pueblo. Era cuestión de tiempo hasta que Jerusalén misma fuese conquistada y destruida, y el resto del pueblo llevado cautivo a Babilonia. Todo había salido mal y el enemigo aumentaba su poder. Mientras tanto, Dios aparentemente no hacía nada.

No había impedido o restringido al arrogante enemigo. Parecía no tener interés alguno en el problema.

Ciertamente no intervino para liberar a su pueblo y destruir al enemigo. Estaban atónitos y perplejos y comenzaron a formular preguntas. ¿Por qué Dios actuaba de esta manera? ¿Por qué permitía que el enemigo prosperara y se fortalezca? Luego surgían preguntas peores todavía. ¿Podía Dios detenerlos? ¿Tenía el poder para hacerlo, tenía “manos” para lograrlo?

Esto se acentuó cuando se hizo el anuncio, por medio del profeta, que finalmente vendría la liberación por medio de Ciro. Esa fue la gota que rebalsó la copa.

¿Liberación por medio de un gentil y no de un israelita, uno de la simiente de David?

Era imposible. ¿Qué quería decir Dios? ¿Era justo y correcto? ¿Debía Dios hacer algo así? ¿Cómo podía reconciliarse esto con todo lo que Él había dicho y hecho en el pasado y con todas sus promesas y planes? Tal era el estado mental y espiritual del pueblo y tales las preguntas que formularon o más bien, las declaraciones que hicieron.

En este tremendo pasaje Dios responde al pueblo recordándoles acerca de su naturaleza y poder, su conocimiento y sus propósitos. Los censura y por medio del profeta les da un vistazo del futuro al que propone guiarlos. El profeta ya no se puede contener.

Olvidándose del pueblo y dirigiéndose a Dios directamente pronuncia estas palabras de asombro y de alabanza: “Verdaderamente tú eres Dios que te encubres, Dios de Israel, que salvas”.

Sería bueno y muy instructivo considerar este asunto en su propio contexto preciso y demostrar cómo se desarrolló en la historia de los hijos de Israel. Sin embargo, si bien estaremos haciendo eso en un sentido, debemos concentramos en lo que se aplica a nosotros, lo que nos habla directamente cuando nos enfrentamos con una situación contemporánea. Casi es innecesario señalar que tenemos aquí la consideración de uno de los problemas que tiene perplejos a muchas mentes en el presente, un problema que ha preocupado a muchos durante unos cuantos años en el pasado. En efecto, el problema es la dificultad de reconciliar el mundo en que vivimos y especialmente lo que está aconteciendo aquí, con nuestra fe en Dios, y especialmente con ciertos fundamentos de esa fe. Al principio, la perplejidad causada por este problema se expresa como una declaración general, más o menos en estos términos:

Durante años ha sido evidente que las fuerzas del mal han estado incrementándose más y más. El materialismo, la impiedad, la falta de fe, el pecado y la maldad, el vicio y la malicia se han acrecentado. Toda la base religiosa en que se ha fundado la vida del cristianismo en el pasado no sólo se ha cuestionado sino también ridiculizado y mofado. En lugar de apoyar a la Iglesia ha sido dejada de lado.

No es que ha sido perseguida sino que se la ha ignorado y olvidado, y a través de los años sigue declinando. Cuanto más arrogante ha sido aparentemente el hombre más éxito parece haber tenido.

Todo parece favorecer a la iniquidad y a la maldad; todo lo que se opone a Dios y a su Iglesia y al punto de vista cristiano, predomina y florece por todas partes. La declinación de la fe, la moral y de todo lo que ennoblece y eleva a la vida, prosigue a un ritmo aterrador. El mundo ha ido de mal en peor, los malos “aumentan su maldad” y parece que todo se está dirigiendo hacia el abismo.

Más y más el mundo ha llegado a ser lo opuesto de todo lo que Dios desea que fuese, y ahora que los conflictos de los últimos años nos han llevado a la guerra, todo parece estar perdido. Cada vez la situación se toma más desesperante. Mientras todo esto acontece Dios, aparentemente, permanece en silencio e inactivo. Al parecer no ha hecho nada y no ha intervenido para detener este proceso. No parece estar en evidencia, ni siquiera existir. La única actividad que parece haber en el mundo es maligna aparentemente Dios ha estado ausente y totalmente desvinculado del curso de los eventos.

No ha hecho nada y el enemigo ha prevalecido. Tal es la afirmación; y esto lleva inevitablemente a la pregunta que con tanta frecuencia se hace:

¿Por qué permite Dios que tales cosas ocurran? ¿Por qué no interviene? ¿Por qué no detiene a la maldad y a los malhechores? ¿Por qué no aviva su obra y rescata a la Iglesia de su impotencia y su vergüenza? ¿Por qué no escucha las oraciones de su pueblo, y destruye a los malhechores con todo lo que hacen y restaura al mundo a un modo de vida correcto y verdadero? ¿Cómo puede, por así decirlo, ponerse a un lado y no hacer nada, permitiendo que todo lo que tiene valor y es noble sea destruido y desecrado? Tales son las formas que toma la pregunta general de por qué Dios se comporta de esta manera, y aparentemente permite que todo lo que El odia se desarrolle y crezca.

El cuestionamiento jamás se detiene en este punto. Habiendo llegado aquí parece ser impulsado inevitablemente a formular una serie de preguntas más serias y siniestras. Consideraremos ahora estas preguntas. Las analizaremos individual y separadamente, recordando al hacerla que no será un análisis académico y psicológico de un pueblo que vivió hace casi 3.000 años sino un estudio de nosotros mismos y de errores en los que nosotros tendemos a caer al igual que los hijos de Israel.

I. La primera pregunta puede expresarse en los siguientes términos: ¿Es indiferente Dios? ¿Es verdad que a Él no le importa lo que nos está ocurriendo a nosotros y en el mundo? Esa es, por cierto la pregunta implícita en el pasaje que estamos considerando ahora. Los hijos de Israel sentían que Dios los estaba abandonando y que ya nos les cuidaba ni se preocupaba por ellos como lo había hecho antes. Sentían que se había tornado indiferente y despreocupado, que los había abandonado definitivamente permitiendo que los eventos siguieran su propio curso. Esa parecía ser la explicación más obvia y evidente de lo que les estaba ocurriendo y del extraño silencio e inactividad de Dios.

¡Cuántas veces los hombres han llegado a esa conclusión! ¡Cuántos tienden a hacerla en el presente! No es que han adoptado el punto de vista propugnado por los antiguos deístas. Ellos enseñaban que Dios, habiendo creado el mundo, luego dejó de estar activamente preocupado por él. Dios, decían, había hecho al mundo como un relojero fabrica un reloj y habiéndole dado cuerda, ahora permitía que siguiera andando solo en su propio camino. Dios había terminado con él en el sentido de una activa preocupación y participación. No creo que haya muchos que sostengan este punto de vista en la actualidad. Se sostiene, más bien, que Dios ha dejado de estar activamente interesado por alguna razón. Saben que estuvo interesado en el pasado por medio de sus obras, de la misma manera que los israelitas lo sabían. Su silencio e inactividad, por tanto, argumentan, debe señalar una indiferencia, como si Dios se hubiera impacientado con el mundo y lo hubiese abandonado a su suerte, que le hubiera dado sus espaldas. Los fieles oran, se esfuerzan, trabajan, y sin embargo, parece no haber respuesta de parte de Dios. ¡Qué fácil es argumentar en base a esto y acusar a Dios de ser indiferente! ¿No se trasunta en la mayoría de las preguntas que se formulan respecto de por qué Dios permite que ciertas cosas ocurran? A menudo, la insinuación está más en el tono de voz que en la pregunta en sí. El sentir es que si Dios fuese realmente un Dios de amor, no permitiría que los justos sufran como ocurre a veces, y que los injustos prosperen Y tengan éxito, no permitiría las calamidades, las guerras y todas las otras aflicciones y tribulaciones que nos prueban. ¿Por qué los permite Dios?, preguntan.

Aún más, ¿cómo puede permitirlo? A pesar de los sufrimientos y las oraciones del pueblo parece no querer actuar. En las palabras del salmista: ¿Desechará el Señor para siempre y no volverá más a sernos propicio? ¿Ha cesado para siempre su misericordia? ¿Se ha acabado perpetuamente su promesa? ¿Ha olvidado Dios el tener misericordia? ¿Ha encerrado con ira sus piedades? La acusación en la primera pregunta es que DIOS es indiferente.

2. Se insinúa entonces otra pregunta que en parte es una posible respuesta a la primera. ¿Es impotente Dios? ¿Puede hacer cualquier cosa? Esa es la pregunta mencionada en la última frase del verso 9. Habiendo preguntado: “Dirá el barro al que lo labra: ¿Qué haces?”, inquiere luego: “¿O tu obra: No tiene manos?”, que Moffat traduce así: “¿Lo que Él crea le dice que es impotente?” Como si el barro pudiese decide al alfarero que no tiene habilidad o poder para moldear y formar una vasija.

Así los hombres cuestionan y dudan del poder y la capacidad de Dios para controlar los eventos en el mundo y de escuchar sus oraciones. Consideran que esta conclusión es inevitable. No dudan de que si Dios pudiera detener la maldad y parar la ola de iniquidad lo haría. Su amor, argumentan, insistiría en ello. Es inconcebible que no lo haga por tanto, puede haber sólo una conclusión. Debe ser que Dios no tiene poder, que la fuerza del mal es mayor que el poder de Dios. Debe ser que el mundo se le ha “escapado de las manos” y está fuera del alcance de Dios para controlarlo y salvarlo. Las tinieblas y la maldad son mayores que el poder de Dios. Esa es la segunda pregunta.

3. Pero hay una tercera que surge de lo que Dios propone hacer y anuncia como su acción futura. Al utilizar a Ciro como un libertador, ¿no significa que Dios es inconsecuente? ¿Cómo concuerda esto con todo el pasado? ¿Un gentil que libere a Israel? ¿Uno que no era de la simiente de David sería el salvador del pueblo? ¿Un extranjero? Es inconcebible. ¡Sería amontonar insulto sobre injurias! Sería injusto de parte de Dios. No debe hacerlo porque estaría totalmente en desacuerdo con todo lo que Él ha dicho y prometido, y con todo lo que Él ha hecho en el pasado. Sentían que utilizar al gentil Ciro era algo que jamás podían reconciliar con la santidad de Dios. Les parecía lo mismo que esperar que surja algo bueno de la maldad, de que alguno fuera de la comunidad de Israel fuese usado por Dios para cumplir sus propósitos.

No podían ver explicación alguna. Les parecía total y absolutamente erróneo.

¿No hemos tenido algo de ese sentimiento y estado de ánimo? ¿Cómo puede esto que nos está ocurriendo, hemos preguntado, ser de algún modo para nuestro bien y la gloria de Dios? ¿Cómo puede justificarse Dios por haber permitido que suframos? ¿Cómo pueden formar parte del plan o esquema de Dios las pruebas y las tribulaciones? ¿Puede aquello que es evidentemente malo e inicuo caer de alguna manera o por algún medio, dentro del ámbito del amor de Dios y su propósito soberano respecto a nosotros y a toda la humanidad?

Estas preguntas que hemos considerado, son las que todavía se están formulando los hombres. ¿Las has formulado? ¿Qué diremos acerca de ellas? ¿Cuál es la respuesta?

Consideremos la tremenda respuesta en esta frase de Isaías.

1. La arrogancia demostrada en esta actitud hacia Dios. Esto es lo que se enfatiza al comparar al hombre en su relación con Dios a tiestos, a barro y a un recién nacido. Es algo casi increíble, si se lo mira objetivamente; sin embargo, ¡con cuánta frecuencia es esta la actitud que asumimos ante Dios! No vacilamos en presumir y dar por sentado que somos capaces de comprender todo lo que Dios hace. Tenemos tal confianza en nosotros mismos, en nuestras propias mentes, comprensión y opiniones, que cuestionamos y dudamos de las acciones de Dios exactamente en la misma forma que cuestionamos las de los hombres. Sentimos y creemos que sabemos lo que es correcto y lo que es mejor.

Nuestra confianza en nosotros mismos es sin fin, no tiene límites y rehusamos creer que haya algo que esté fuera del alcance de nuestras mentes e intelectos. Este es, por cierto, el significado impertinente de todas nuestras preguntas, y en todas nuestras expresiones de duda. Dios debe conformarse a nuestras ideas y ha de hacer lo que nosotros creemos que debe hacer. Pero no queda allí la arrogancia.

Como hemos visto, no vacila en condenar las acciones de Dios y decir que están totalmente erradas e indefensas. En otras palabras, nosotros, nuestras ideas, son la norma y los jueces. Nosotros somos la suprema corte de apelación; y nuestras ideas en cuanto a lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, constituyen la última palabra. No vacilamos en expresar nuestras opiniones acerca de Dios y de juzgar sus acciones.

De esto los hijos de Israel eran constantemente culpables. Al leer acerca de ellos en el Antiguo Testamento a veces nos maravillamos y asombramos de ellos.

Sin embargo, nos cuesta comprender que nosotros también somos culpables precisamente de lo mismo. Quizá no lo expresemos en forma tan franca y descortés, sino con cuidado y delicadeza lo decimos más bien en forma de pregunta que como afirmación directa. Pero todo esto no hace al caso.

En un asunto como este, pensar por un momento de esta forma es tan condenable como afirmarlo. No quiero decir que no debamos pensar y razonar acerca de la religión, o que yo sostenga que el cristianismo es irracional. Debemos pensar, razonar y comprender la verdad. Esto no significa que nuestras mentes están a la par de la mente de Dios o de que podemos reclamar igualdad y demandar una comprensión total de todo. Menos todavía significa que moral y espiritualmente estamos en una posición como para cuestionar y dudar de los motivos de Dios y emitir juicio sobre su carácter expresado en sus acciones.

Sin embargo, esto es precisamente lo que hacen los hombres. Al no comprender las acciones, proceden a atacar y a cuestionar el mismo carácter de Dios. Nuestro orgullo de intelecto y de comprensión nos lleva en realidad a considerarnos como dioses. Por eso elegí el término ‘arrogancia” para describir esta actitud. ¡Oh, qué tremenda impertinencia e insolencia!

Hay sólo una explicación: es una falta total de comprensión acerca de quién y qué es Dios junto con una apreciación totalmente errónea de la verdad acerca de nosotros mismos. Si solo comprendiésemos de quién estamos dudando. ¡Si tuviéramos apenas un somero concepto del poder, la grandeza y la santidad de Dios! Si pudiéramos comprender cabalmente que no somos nada, que somos absolutamente insignificantes e indefensos. Procuremos considerarlo y verlo a la luz de este pasaje.

La relación entre Dios y nosotros es la del Creador y la criatura. Él nos creó y nos hizo existir. Somos obra de sus manos, en verdad somos para Dios lo que el barro es para el labrador. ¿Lo dudas?

Permite que te haga algunas preguntas. ¿Qué control tienes en verdad, sobre tu vida? No tuviste control sobre el comienzo y no podrás controlar el fin. No tenemos idea de cuánto tiempo estaremos aquí. Nuestras vidas están totalmente en las manos de Dios. No podemos controlar la salud o la enfermedad, accidentes o males. No sabemos lo que traerá un día. ¿Quién podría haber predicho el estado actual de cosas? Los hombres no han podido prevenirlo. Somos criaturas del tiempo y totalmente sujetos a fuerzas sobre las cuales no tenemos control alguno. Somos totalmente indefensos. Según lo expresó nuestro Señor no podemos añadir ni “un codo” a nuestra estatura. Sin embargo, nos atrevemos a procurar medir a Dios. ¡Qué monstruosidad! ¡Qué locura! Significa que toda nuestra actitud es falsa y errónea; así quedará hasta que comprendamos que los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos y que sus caminos no son nuestros (Is. 55.8), hasta que aceptemos además su afirmación que “como los cielos son más altos que la tierra, así mis caminos son más altos que tus caminos y mis pensamientos que los vuestros”. Evidentemente hay cosas que no podemos comprender ni sondear. Esta es la gloria del camino de salvación de Dios; es por esto que ofrece esperanza para todos. ¿No lo puedes comprender? ¿Estás tentado a cuestionar, a argumentar y preguntar? Tu respuesta está en las palabras de San Pablo: “¿Quién eres tú, para que alterques con Dios? Dirá el vaso al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así?”

“Pero ese no es un argumento justo”, quizá digas. “Es más bien una prohibición y el ejercicio de una autoridad injusta”. A lo cual debo responder que jamás debimos argumentar con Dios y que nunca debimos haber partido de la presunción de que iba a ser una discusión entre dos personas iguales.

Dios está en el cielo y nosotros sobre la tierra. Dios es santo y nosotros pecadores. Dios sabe todas las cosas y ve el fin desde el principio. Nosotros somos ignorantes y ciegos como resultado del pecado y miserables esclavos del tiempo. En última instancia esa es la única teodicea necesaria.

Al hombre que no cree en Dios le es imposible creer o comprender las acciones de Dios. Cuánto más creemos verdaderamente en Dios y cuanto más comprendemos de su naturaleza y carácter santos, tanto más comprenderemos sus caminos.

Aun cuando no podamos comprender estaremos cada vez más dispuestos a decir con nuestro Señor:

“Mas tu voluntad sea hecha y no la mía”. En un sentido cualquier intento de justificar a Dios y a sus acciones me parece casi pecaminoso y estoy tentado a decir que cualquiera que formula preguntas y críticas en realidad no está procurando comprender a Dios sino a sí mismo y a la vida que lleva.

Habiendo dicho esto, quisiera instar a que consideremos la naturaleza fugaz de nuestra existencia aquí en la tierra y nuestra completa dependencia de Dios que no sólo es nuestro Hacedor, sino que también será nuestro Juez. Dios no necesita defensa pues está en el Trono. Él es el Juez de toda la tierra. Su reino no tiene fin. ¡Deja de cuestionar y argumentar! ¡Arrodíllate delante de El! ¡Adórale a El! Corrige tu actitud y comenzarás a comprender sus acciones. ¡Qué tremenda la arrogancia del pecado!

II. Tal es el asombroso amor de Dios que no lo deja allí. A pesar de la enormidad de nuestro pecado El condesciende a razonar con nosotros, se digna explicarse a Sí mismo. Sólo el eterno amor pudo tener tal paciencia con criaturas perversas y obstinadas como nosotros. Tenemos aquí un ejemplo típico de tal razonamiento. Se expresa en una exposición de la ignorancia demostrada en esta actitud hacia Dios.

Ya hemos visto que se debe a una falla fundamental de no comprender la naturaleza de Dios y de nuestra verdadera relación con El. Pero hay otras maneras en que nuestra ignorancia tiende a desviamos. Podemos ilustrarlas demostrando cómo este pasaje responde a las preguntas que han sido formuladas, y da conocimiento que resuelve varios problemas que tienden a confundir las mentes de los hombres.

1. Los hijos de Israel cuestionaban el poder de Dios y dudaban de que pudiera hacer algo para salvarlos a ellos o de la situación, del mismo modo como los hombres en la actualidad tienden a dudar del poder de Dios. ¡Qué ignorancia total! Escuchemos: “Yo hice la tierra, y creé sobre ella al hombre.

“Yo, mis manos, extendieron los cielos, y a todo su ejército mandé”. Esa es la medida de su poder. El Dios a quien adoramos, el Dios que es Padre de nuestro Señor y Salvador Jesucristo es también el Creador. Por una mera palabra lo hizo todo. El habló y se llevó a cabo. Leamos acerca de sus acciones en el Antiguo Testamento, de sus maravillosos hechos. Su nombre “El” significa el Poderoso o el Fuerte. ¿Dudas de su poder para controlar a los hombres? Isaías ya te ha dado la respuesta. “He aquí que las naciones le son como la gota de agua que cae del cubo, y como menudo polvo en las balanzas le son estimadas; he aquí que hace desaparecer las islas como polvo”. “Como nada son todas las naciones delante de él y en su comparación será estimadas en menos que nada, y que lo que no es.”

Estas no son meras palabras, ni el resultado del vuelo de una imaginación poética. Si queremos comprobar que son verdad leamos los libros de historia secular que confirman la historia y las enseñanzas del Antiguo Testamento. Cuando Isaías dijo estas palabras la situación de Israel parecía desesperante. Habían sido conquistados y serían llevados en cautividad por el poder más grande que el mundo haya conocido. Parecía imposible que regresaran algún día. Sin embargo volvieron. No fue por su propia acción, porque nada podía hacer; fue sencillamente una manifestación del tremendo poder de Dios. Quizá preguntes: ¿El mal como principio no es más poderoso? La respuesta es esta:

“Yo formo la luz y creo las tinieblas… hago la paz y creo la adversidad. Yo Jehová soy el que hago todo esto”. Crear adversidad no significa crear el pecado. Significa que El hizo que la tristeza, la miseria y la desgracia sean consecuencia y resultado del pecado. Más aún, la Biblia enseña que el pecado y Satanás no escapan ni están fuera del control de Dios. Él les permite actuar, pero les pone límites y finalmente los destruirá. ” ¿Por qué les permite ahora”?, preguntas. La respuesta es:

“Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así?” No tenemos una respuesta terminante pero esto sabemos, que cuando la muerte, el infierno, y la maldad ejercieron su máximo y total poder contra nuestro Señor y Salvador Jesucristo, fueron completamente vencidos y derrotados por la manifestación más poderosa de poder que el mundo jamás haya conocido, cuando Él se levantó triunfante de los muertos. “Para Dios todo es posible”. Él es Todopoderoso; su poder no tiene límite.

2. ¿Qué de su amor, su preocupación por nosotros? Cuanto más enfatizamos su poder más agudamente surge esta segunda pregunta: ¿Nos ama? ¿Tiene interés en nosotros? ¿Por qué no hace algo, entonces? Tales eran las preguntas formuladas por Israel; los hombres y las mujeres en la actualidad preguntan lo mismo. Dios responde a las preguntas revelando al profeta lo que estaba haciendo y lo que se proponía hacer. Corrigió la terrible ignorancia que existía respecto de su amor y su interés por el pueblo. Demostró que estaba trabajando silenciosa y discretamente todo el tiempo.

“Yo (a Ciro) lo desperté en justicia, y enderezaré todos sus caminos; él edificará mi ciudad, y soltará mis cautivos, no por precio ni por dones, dice Jehová de los ejércitos”. Pensaban que El no hacía nada. Todo el tiempo estaba trabajando y llevando a cabo sus propósitos. ¿Se había olvidado de Israel? ¿No tenía interés en ellos? Tenía preparado para ellos un grande y glorioso futuro y para ese fin estaba haciendo provisión para ellos.

A pesar de su desobediencia y pecado, a pesar de todo lo que era verdad acerca de Dios y su actitud hacia El, todavía amaba a Israel y planeaba su salvación. Isaías ya no puede controlarse y exclama:

“Verdaderamente tú eres Dios que te encubres, Dios de Israel, que salvas”. El vio que Dios todavía era el Dios de Israel y así como lo había salvado de Egipto y del Mar Rojo, del desierto y de sus enemigos, los salvaría de todas sus calamidades. Si has creído en El por medio de Jesucristo, si te has arrepentido y aceptado su gran salvación te aseguro que no importa cuán tenebroso y difícil sea lo que te está ocurriendo y cuán imposible de comprender, El sigue siendo tu Dios, que te ama todavía y cuida de ti, y todavía tiene vigencia la promesa:

“No te dejaré, ni te desampararé”. Sí, así lo expresó perfectamente Pedro a los que sufrían tribulaciones que no llegaban a comprender: “Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo; echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros”. Nunca dudes de que Él te cuidara.

3. Quizá nuestra ignorancia sea mayor con respecto a los caminos de Dios. Este es uno de los grandes temas de Isaías como ya hemos visto en algunas de nuestras citas y se destaca tan notablemente en nuestro texto. Sus caminos no son nuestros caminos. Al no poder entender tendemos a dudar y a cuestionar. ¡Qué insensatez! “Dios obra por senderos misteriosos las maravillas que el mortal contempla”.

Pareciera que hace exactamente lo opuesto de lo que nosotros esperamos. Usó a Ciro, un gentil, para salvar a su pueblo escogido. A veces no parece hacer nada.

Pasan años y largos períodos cuando Dios parece estar inactivo y en nuestra impaciencia clamamos: “¿Por cuánto tiempo?” Dios parece haber perdido el control y todo aparentemente sale mal. Qué insensatez pensar de ese modo. Parecía haberse olvidado de su pueblo en Egipto, pero a su tiempo y en su manera, eventualmente los hizo salir. Permitió que estuvieran setenta años en Babilonia pero había planificado su retorno a Jerusalén antes de que fueran tomados cautivos. Durante cuatrocientos años la voz del profeta se había callado. No hubo palabra después de Malaquías.

Pero “cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos”.

Sigue actuando de esa manera a través de los siglos. Con Dios “mil años… son como el día de ayer”.

A su tiempo y a su manera El actúa, El obra. Todas las cosas han sido planificadas “desde antes de la fundación del mundo. El proyecto es perfecto; el plan es completo. Nada fallará. Leamos la historia del pasado y veamos como confirma las profecías. Luego leamos los profetas con respecto al futuro.

Después de hacer esto nos reiremos de nuestros temores y sobresaltos, nuestras predicciones de mal y nuestras dudas, y exclamaremos con Isaías: “Verdaderamente tú eres Dios que te encubres, Dios de Israel, que salvas”.

¿Qué otra cosa podemos decir? ¿Hay algún otro comentario que es adecuado para la situación? Sólo hay uno y es más grande aún, esa tremenda exclamación de San Pablo al contemplar el plan futuro de Dios para Israel y el mundo: “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A Él sea la gloria por los siglos. Amén”. Digamos también nosotros: ¡Amén y Amén!
Cristianismo Historico

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