Enfrentado lo inesperado

“Y dijo Manoa a su mujer: Ciertamente moriremos, porque a Dios hemos visto. Y su mujer le respondió: Si Jehová nos quisiera matar, no aceptaría de nuestras manos el holocausto Y la ofrenda, ni nos hubiera mostrado todas estas cosas, ni ahora nos habría anunciado esto”.
Jueces 13.22 y 23

Estas palabras son el sencillo pero profundo testimonio de cómo el padre y la madre de Sansón reaccionaran ante las mismas circunstancias difíciles y críticas en que repentinamente se encontraron.

Pero no son sólo un testimonio sino a la vez constituyen un juicio. El testimonio de lo que estas dos personas hicieron y dijeron nos habla acerca de ellos mismos y los juzga. El verdadero significado de la palabra crisis es juicio, de modo que toda crisis por la cual tenemos que atravesar incidentalmente es también un período de prueba para nosotros. Como vemos tan claramente en esta antigua anécdota, la crisis, entre otras cosas, destaca en forma muy definida dos cosas de vital importancia con respecto a nosotros.

En primer lugar, demuestra exacta y precisamente qué clase de persona somos en la realidad.

Podemos leer todo el capítulo que precede a nuestro texto y no conocer verdaderamente cómo eran Manoa y su esposa. Hasta que lleguemos a estos versículos es casi imposible evaluar a estas dos personas y decir cuál de las dos es más fuerte o de carácter más noble. Pero aquí en estos dos versículos, repentinamente y en un pantallazo llegamos a conocerlos de verdad, y es sumamente fácil formar una opinión y una estimación. La mujer de Manoa se destaca no sólo por contraste con su esposo sino como una de las mujeres más notables de la Biblia.

Esto nos recuerda un principio que es universal. En tiempos normales, cuando la vida se desarrolla en su curso regular, todos logramos desempeñamos bien.

Adoptamos un cierto estándar y determinada actitud hacia la vida, y tenemos suficiente tiempo y tranquilidad para cumplir con esas normas. Observamos las reglas y nos conformamos a las distintas normas reconocidas. Profesamos Y protestamos con respecto a lo que pensamos y creemos, y en cuanto a lo que proponemos hacer frente a ciertas posibilidades hipotéticas. Damos así a otros cierta impresión de nosotros mismos y de qué clase de personas en realidad somos. No quiero sugerir con esto que toda la vida es un tremendo engaño y fraude pero sí que inconscientemente todos tendemos a actuar en la vida engañando así no sólo a otros sino también a nosotros mismos. Es tan fácil vivir una vida artificial y superficial y persuadimos que en realidad somos lo que quisiéramos ser. El actor en nosotros es fuerte y en estos tiempos, cuando la tiranía de las convenciones y formas sociales ha sido tan fuerte, una de las cosas más difíciles de la vida es poner en práctica el consejo del antiguo filósofo: “Conócete a ti mismo”. Ahora bien, si nosotros encontramos dificultad en hacer esto, un tiempo de prueba y crisis invariablemente lo logrará por nosotros.

Nos llega repentinamente y nos encuentra con la “guardia baja”. No hay tiempo para recordar las convencionalidades y las costumbres, no hay oportunidad de ponemos la máscara, debemos actuar instintivamente. Salta entonces a la vista lo natural, lo real y lo verdadero.

Una crisis nos prueba también en un sentido más profundo, especialmente en cuanto a nuestras profesiones y protestas. La sabiduría del mundo nos recuerda que el verdadero amigo se demuestra en la adversidad. Lo que no hace en momentos de necesidad es lo que realmente proclama lo que él es, y no las promesas y sentimientos generales expresados profusamente durante un período de tranquilidad.

En verdad, nuestro Señor nos advirtió repetidamente de este peligro en las siguientes palabras:

“No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”. Nuestro comportamiento en tiempo de necesidad, dificultad y crisis proclama lo que en realidad somos; y es por esto que tales períodos siempre son de triste desilusión, decepción y extrañas sorpresas. Aquellos que han hablado más fuertemente de repente están en silencio y los que prometían hacer tanto desaparecen silenciosamente.

Lo que es más importante de nuestro punto de vista y para el propósito que nos ocupa, es comprender que los períodos de crisis y de dificultad también prueban y demuestran muy claramente en qué creemos realmente y la naturaleza de nuestra fe. Después de todo, sólo ver la grandeza de la madre de Sansón como mujer de carácter fuerte, es no comprender lo que es más significativo de esta historia.

Lo más notable es la fe, la percepción, la comprensión, el firme dominio de su creencia, que la transformó y que permitió que avergonzara a su esposo y le reprendiera por su debilidad y temor. La Biblia no tiene mucho interés en la grandeza natural del carácter, su tema central es grandeza como resultado de la gracia. Las condiciones de prueba en que Manoa y su mujer se encontraron revelan de inmediato la naturaleza y por tanto, el valor preciso de su profesión de fe. Tenemos aquí otro principio universal que se desarrolla y manifiesta en diferentes formas.

Es posible que hayamos sido criados en un ambiente religioso rodeados desde nuestro nacimiento de enseñanza religiosa. Por ser criados de esta manera hemos recibido ciertas enseñanzas y estamos familiarizados con algunas verdades religiosas.

Todos los que nos rodean parecen creerlo y con el tiempo nosotros mismos las repetimos y consideramos que verdaderamente las creemos. Jamás pensamos en la necesidad de examinar estas creencias y menos todavía de dudar de ellas. Aceptábamos todo sin pensar muy profundamente acerca de ello. Descontamos que todo estaba bien y que nosotros mismos estábamos en lo correcto.

No habíamos procurado comprender verdaderamente estas declaraciones acerca de la religión y entenderlas.

No nos habíamos preocupado realmente en absorber sus enseñanzas. Según le oí decir a cierto hombre, tomamos nuestra religión en la misma forma que diariamente nos servimos de pan y manteca en la mesa. Mientras todo anda bien proseguimos con nuestra religión y sus deberes descontando que tenemos lo verdadero y correcto, sin sospechar siquiera que hubiese alguna necesidad o que falta algo.

Pero repentinamente nos enfrentamos con una dificultad, un problema y al encarar esto encontramos que nos comportamos y reaccionamos precisamente en la misma manera que los hombres y mujeres que jamás afirmaron ser religiosos. Estábamos igualmente indefensos y desesperanzados. Nuestra religión no parecía hacer diferencia alguna en la crisis.

Nada hay nada más triste y trágico en la vida y experiencia de un ministro que encontrar a personas de este tipo cuya religión no parece proveerles nada, o ser de algún valor cuando se enfrentan con las mayores necesidades y crisis de la vida tales como enfermedad, la pérdida de seres queridos, tristeza, catástrofe, calamidad o guerra. Parecían ser tan excelentes ejemplos de personas religiosas. Jamás habían sido culpables de afirmaciones herejes o de violaciones groseras de la moral. Parecían ser en tiempos normales el tipo ideal de personas religiosas. Sin embargo cuando su religión fue puesta a prueba y la necesitaron sobremanera demostró ser inútil y sin sentido. Hemos conocido personas así ¿verdad? Hay otros que también pertenecen a este grupo, pero no por las mismas razones.

Me refiero a aquellos cuyo interés en la religión ha sido mayormente, y quizá exclusivamente, intelectual. No podemos decir de ellos, como de los que acabamos de considerar, que no han pensado pues sí lo han hecho. Su interés en la religión ha sido su principal pasatiempo intelectual. Han leído y razonado, debatido y argumentado.

Tienen interés en ella como un enfoque de la vida y se han interesado en sus diversas posiciones y proposiciones. Pero todo el tiempo su interés ha sido puramente objetivo. La religión era tema de conversación y debate, algo que uno podía tomar o dejar. Nunca se había convertido en parte de su misma experiencia. Nunca había llegado a ser parte de ellos y de sus vidas. No había sido parte experimental y vital de su existencia. Parecían conocerlo todo, pero aquí nuevamente, en la crisis todo su conocimiento y su interés resultó ser inútil y sin valor alguno.

Un ejemplo clásico de esto, fue Juan Wesley antes de su conversión. En un sentido él conocía bien acerca de la religión, pero al cruzar el Atlántico en una terrible tormenta que parecía conducirlos a la muerte sintió que nada tenía. Experimentó el miedo de morir y miedo de todo. Le impactó el contraste presentado por los Hermanos Moravos que viajaban en el mismo barco. En comparación con Wesley eran hombres ignorantes pero su religión significaba algo real y vital para ellos. Los sostuvo en la tormenta, les dio paz y calma, y gozo aun al enfrentar la muerte. La religión de Wesley parecía ser excelente. Daba todos sus bienes a los pobres, predicaba en las cárceles y cruzó el Atlántico para predicar a los paganos en Georgia. Era un hombre de vastos conocimientos religiosos. Sin embargo, la prueba le reveló a él y a otros la naturaleza de su religión que demostró ser inútil. Un período de crisis, entonces, nos prueba a nosotros y a nuestra fe, del mismo modo como probó a Manoa y a su mujer.

La tragedia es que tantos de nosotros nos asemejamos a los primeros mencionados y no a estos últimos. Estamos ansiosos de ser bendecidos y esperamos que la religión nos dé todos los dones y bendiciones que tiene que damos. Como Manoa podemos ser fervientes en nuestras oraciones y juzgando por las acciones y por nuestra apariencia exterior, podemos aparentar y ser en verdad, personas sumamente devotas. Mientras todo anda bien y nuestras oraciones reciben respuestas y todos nuestros deseos parecen ser gratificados, estamos llenos de alabanza y acción de gracias, así como Manoa cuando fue concedida su petición. Entonces, repentinamente, algo sucede que no comprendemos. Algo toma lugar que es total-mente inesperado. Las nubes vienen, el cielo se oscurece, y todo parece salir mal.

La situación es perpleja e incomprensible y todo lo contrario de lo que esperábamos y anticipábamos.

Ahora bien, con demasiada frecuencia cuando nos enfrentamos con una situación así nos comportamos como Manoa claudicamos y perdemos totalmente la esperanza. Arribamos a conclusiones apresuradas y casi invariablemente a la peor conclusión posible. Más aun, esta “conclusión peor” a la que arribamos con tanta facilidad es frecuentemente una conclusión basada sobre la misma premisa que le llevó a Manoa a su peor conclusión, esto es, que de alguna manera Dios está contra nosotros, y que todo lo que fervorosamente habíamos imaginado ser una expresión de la bondad y la benignidad de Dios no era más que una ilusión.

Digo todo esto basado en las afirmaciones hechas por hombres y mujeres cuando se han enfrentado con tales crisis. Qué dispuestos están a formular preguntas que jamás debieran hacerse, preguntas que implicaban la afirmación que de alguna manera Dios no era justo con ellos, o que Dios no es consecuente con sus promesas. Por cierto que esta desconfianza hacia Dios es el enemigo más persistente de la raza humana; en verdad el enemigo más persistente del cristiano en particular.

Me refiero a esta sugerencia que el enemigo de nuestras almas está siempre dispuesto a insinuar en nuestras mentas y corazones de que Dios está contra nosotros, o por lo menos, que Dios no se preocupa de nosotros y nuestro bienestar. Los viejos conceptos paganos, la antiguas ideas supersticiosas se adhieren tenazmente a nosotros y están siempre a la expectativa para presentarse como explicaciones cuando nos enfrentamos con una situación incomprensible que nos tiene perplejos.

Si sólo nos quejáramos de la situación, nuestro caso no sería tan serio aunque indicaría un cristianismo muy pobre y débil. Nosotros tendemos a ir más allá. Nos quejamos y murmuramos no sólo de lo que nos está aconteciendo sino de Dios mismo.

Hacemos declaraciones que, por más cautela que utilicemos al formularlas, sugieren fuertemente que dudamos de El y de su bondad para con nosotros.

Es casi innecesario señalar todo lo que está involucrado en tal estado. Sin embargo, debemos indicar en qué forma terrible deshonra a Dios. Es la causa central de todos los males; es el pecado de todos los pecados, es el pecado de la incredulidad.

No nos compete a nosotros comparar pecado con pecado pero la Biblia muestra muy claramente que una falla en la conducta, o aun una caída moral, no es nada en comparación con el pecado de incredulidad. Este exhibe una actitud que es fundamentalmente hostil y contraria a Dios mientras que lo otro no es más que una manifestación de debilidad y fragilidad humanas. Dudar de Dios y de su bondad es un pecado mucho más atroz que no obedecerle o dejar de cumplir sus mandamientos.

No, creo que sea necesario explayamos más sobre el particular.

Esta condición es también totalmente indefensa cuando nos consideramos a nosotros mismos con respecto a otras personas. Manoa debiera haber ayudado y fortalecido a su mujer. Lo natural hubiera sido que ella se apoyara en él. Afortunadamente ella no dependía de él, pues el colapso de Manoa hubiera llevado a una caída mayor aun en su caso. No siempre son así los hechos. Dentro de la vida cristiana y de la Iglesia siempre hay personas que se apoyan en nosotros y dependen de nosotros.

Esto es, a la vez, nuestro privilegio y nuestra responsabilidad. Cuando fallamos, por tanto, otros están involucrados en nuestro fracaso. Y cuando comprendemos que siempre están aquellos fuera del cristianismo que miran a los cristianos especialmente en tiempos de dificultad y tensión, nuestro fracaso es todavía más reprensible.

Aun desde nuestro punto de vista estrictamente personal este comportamiento similar al de Manoa es totalmente malo. Lleva a un estado de desdicha y desesperanza.

Significa que estamos tristes y miserables, agitados y alarmados, llenos de temores y presentimientos malos y además con todo lo que esos sentimientos involucran.

Más importante aún, en ese estado y condición estamos propensos a decir cosas, como lo hizo Manoa, que luego lamentamos y deploramos por el resto de nuestra vida.

Aunque sólo sea por estas razones debemos tener cuidado. Pero todo esto es negativo y ahora procederemos al enfoque positivo. No es necesario actuar como Manoa. Su esposa nos demuestra claramente cómo podemos evitarlo. Dios quiera que aprendamos la lección ahora, de modo que venga lo que viniera en el futuro estaremos dispuestos y preparados, armados y capacitados para anticipamos al enemigo que ciertamente vendrá con su insinuación de que Dios nos está fallando, o que definitivamente está en contra nuestro.

La enseñanza se divide naturalmente en dos secciones principales:

1. Primero debemos considerar lo que hizo esta mujer. La respuesta es sorprendente y asombrosa, ella sencillamente pensó y razonó ¡Qué sencillo! Las razones del fracaso son muchas. Destaco sólo dos que he visto con más frecuencia. La primera es la que podemos llamar en general un espíritu anti-intelectual con respecto a la fe. No siempre se lo reconoce como tal ni se advierte, pero ha habido mucho de esta actitud hacia la religión durante los últimos años. Pensamientos precisos, definiciones y dogmas han sido desvirtuados. Todo el énfasis ha sido colocado sobre la religión como un poder que puede hacer algo por nosotros y nos puede hacer felices.

La parte emocional y sentimental de la religión ha sido sobre enfatizada a expensas de lo intelectual.

En verdad, podemos decir que al aspecto y al elemento milagroso de la religión cristiana le ha sido dado un lugar de excesiva preponderancia.

Con demasiada frecuencia se lo ha considerado meramente como algo que da una constante serie de liberaciones milagrosas de toda suerte y forma de males. Los slogans de que tanto hemos oído atestiguan esto. Las frases más frecuentemente utilizadas han sido: “Prueba la fe” o” “Prueba la oración” y a menudo se ha dado la impresión que sólo tenemos que pedir a Dios todo lo que pudiéramos necesitar y seremos satisfechos. Ese aspecto práctico de la religión ha sido recalcado sin destacar las condiciones y todo el plan de salvación, ni de la revelación de la naturaleza y los propósitos de Dios según los revela la Biblia.

La clase de religión más popular ha sido la que se representa como “bastante fácil” y “bastante sencilla”, y que parece hacer todo por nosotros sin demandar nada de nosotros. Quizá nunca antes la distinción entre la religión cristiana y los varios cultos y agentes psicológicos que procuran ayudar a los hombres ha sido más confusa y oscura que durante los últimos veinte años. Los grandes principios, el poderoso trasfondo, el contenido intelectual y teológico de nuestra fe no han sido enfatizados y en verdad, a menudo han sido desechados como no esenciales. Hemos estado tan ocupado con nosotros mismos, nuestros estados de ánimo, nuestros sentimientos y estado interior que cuando nos enfrentamos con problemas externos que nos afectan profundamente, sin embargo, no sabemos cómo pensar o dónde comenzar.

La otra razón que explica por qué no pensamos, como lo hizo esta mujer, es que en una crisis repentina quedamos aturdidos y dejamos que nos atropellen. Estoy dispuesto a conceder que esto se deba en parte a causas físicas o nerviosas, pero no en su totalidad. En tales condiciones tendemos a bajar la guardia y dejamos caer.

Nos abandonamos y dejamos de luchar y de hacer un esfuerzo positivo. No sólo perdemos el control sino que en cierto sentido deliberadamente nos relajamos y cedemos.

No es sólo holgazanería sino la manifestación que los efectos intoxicantes de una calamidad, una catástrofe, o una crisis tienden a imponer sobre nosotros.

¡Qué fácil es gritar o exclamar o ceder a algún otro impulso que por cierto surge en tales ocasiones! ¡Qué fácil soltar las riendas del auto-control y el dominio de nosotros mismos!

Esta mujer, la madre de Sansón, se destaca como un glorioso ejemplo de todo lo opuesto. Hizo lo que todos nosotros debiéramos hacer en circunstancias similares.

Viendo y observando el colapso de su esposo, su temor y su lloriqueo, y al escuchar sus presentimientos de mal, sus oscuras profecías y sus dudas de la bondad de Dios, ella no grita ni exclama; no da lugar a la histeria cayendo finalmente en un estado de inconsciencia; no formula preguntas irreverentes ni quejas contra Dios; ella piensa, razona, medita el asunto y con lógica magnífica arriba a la única conclusión que es verdaderamente válida. Puede parecemos extraño y raro que, en medio del desastre y dificultades apremiantes, la religión cristiana en lugar de actuar como una droga o un amuleto que hace todo lo que necesitamos, y repentinamente pone todo en orden, nos pide, más bien nos manda, que pensemos y que empleemos la lógica.

Pero esta es la enseñanza no sólo aquí sino en toda la Biblia. Resumiendo, las instrucciones son las siguientes.

1. No hables hasta que hayas analizado el asunto. Domínate, contrólate, especialmente tus labios. No digas nada hasta que hayas pensado y pensado profundamente. Como lo expresa Santiago sé “tardo para hablar”.

2. Haz un esfuerzo positivo y piensa activamente. No contemples meramente los hechos permitiendo que ciertos pensamientos se repitan en tu mente. Piensa en forma activa Considera que es tu deber pensar como jamás hayas pensado antes, y como si el mismo carácter de Dios y su justificación delante de los hombres dependiera de ti. El enemigo te ha atacado especialmente en la esfera de tu mente. ¡Resístelo y derrótale!

3. Parte de la suposición que si bien puede haber otras cosas que son verdad y de que es posible que comprendas muy poco, una cosa es segura y absoluta: la insinuación del enemigo respecto de Dios es y tiene que ser errónea.

4. Luego procura considerar todos los hechos que influyen y no meramente uno, o algunos. En cierto sentido Manoa era muy lógico. Él sabía que cualquiera que veía a Dios debía morir. Su problema era que consideraba ese hecho solamente sin tomar en cuenta los otros factores que estaban a su disposición y por tanto arribó a una conclusión falsa. Partiendo de un solo hecho arribó apresuradamente a su conclusión.

¡Con cuánta frecuencia hemos nosotros también hecho esto! Evita esto procurando considerar otros factores. Coloca el problema en la luz de su contexto más amplio. Allí, entonces, vemos por la acción de la mujer de Manoa lo que nosotros debemos hacer en circunstancias similares. Debemos pensar y razonar.

Afortunadamente la lección prosigue. Pues no sólo se nos dice lo que ella pensó, sino que se nos da el resultado de su razonamiento y lógica.

II. Podemos considerar entonces, en segundo lugar lo que esta mujer dijo. Sus conclusiones son tan válidas hoy como cuando ellas las expresó. Sencillamente declaró en su manera y en su idioma, y en el contexto de los eventos que ella y su marido enfrentaban, lo que San Pablo dice y argumenta constantemente en sus epístolas.

En verdad, tenemos aquí un maravilloso y muy pintoresco resumen y compendio de toda la enseñanza consoladora del Nuevo Testamento. Resumiré lo que ella dijo en forma de una serie de proposiciones.

1. El primer principio es que Dios no es caprichoso. “Si Jehová nos quisiera matar”, argumenta la mujer, “no aceptaría de nuestras manos el holocausto y la ofrenda”. Parecía en el momento que Dios repentinamente iba a revertir todo lo que había estado haciendo. Habiendo disfrutado hasta ahora de la sonrisa de Dios sobre ellos parecía que sin causa o razón visibles ahora él mostraba su desaprobación y estaba a punto de destruirlos. Las circunstancias a menudo parecen damos esa impresión.

De repente todo parece salir mal y estar obrando en la dirección opuesta, y nos llega la insinuación de que Dios no está realmente interesado en nosotros y ni se preocupa por nosotros. Toda su bondad del pasado y sus bendiciones parecen mofarse de nosotros. Estamos tentados a pensar que Dios es como algunos potentados y tiranos que se deleiten en jugar con sus víctimas, aumentar su terror y su tortura, aparentando al principio ser bondadosos con ellos. No hay nada más humillante que produce tanta tensión como estar a la merced o bajo obligación de una persona que no es confiable, cuyos estados de ánimo cambian constantemente, y cuyos propósitos y acciones también varían. Ni por un momento puede uno sentirse seguro.

En cualquier momento algo puede ocurrir que es exactamente lo opuesto de lo que ha acontecido antes. No hay ningún sentido de seguridad o de paz. No hay esperanza cuando uno mira al futuro. De una cosa podemos estar absoluta y definitivamente seguros -Dios no es así-. Jamás se comportará de esa manera. Sean cuales fueren las apariencias esa no es la explicación. Por su misma naturaleza y carácter no hay cosa más gloriosa que la eterna constancia de Dios. Él es el Eterno, y sus decretos son eternos. Su bondad y su benignidad son para siempre. Sus tratos con los hijos de los hombres surgen de su misma esencia. Sus planes fueron hechos, leemos repetidamente, “antes de la fundación del mundo”. El ama con un “amor eterno”. Es el “Padre de las luces, en el cual no hay mudanza ni sombra de variación”

Él no dice una cosa y luego hace lo opuesto. No juega con nosotros ni se burla. En verdad “si Jehová nos quisiera matar, no aceptaría de nuestras manos el holocausto y la ofrenda”.

2. El segundo principio es que Dios nunca es injusto es sus tratos con nosotros. La madre de Sansón argumenta correctamente que si Dios los hubiese guiado a ella y a su esposo a hacer ciertas cosas sencillamente para castigar y destruirlos, sería un acto de total injusticia. Ella sabe que eso es inconcebible en lo que a Dios se refiere.

No es que comprende exacta y precisamente lo que les está ocurriendo, o cuáles el significado exacto de los eventos que están presenciando. Pero, sea cual fuere su significado, de esto ella está segura:

Dios jamás es injusto o malo. Al ver sólo un aspecto, o ángulo o fase de un problema o situación, a menudo no vemos la corrección o justicia de los eventos.

Esto se debe totalmente a nuestra visión restringida, además; nuestras mentes están deformadas y estamos manchados y pervertidos por el pecado. Nuestras ideas respecto de la rectitud no son verdaderas. Nuestro egoísmo empaña nuestra visión y envenena nuestro entendimiento. Ni siquiera sabemos lo que en última instancia es lo mejor para nosotros porque hay tanta oscuridad mezclada con nuestra luz. De modo que, en nuestra insensatez, estamos listos a acusar a Dios por ser injusto, o incorrecto. La esposa de Manoa vio la insensatez total, el error y el pecado de todo esto. A su manera proclamó: “Dios es luz y no hay ningunas tinieblas en El”, y formuló la pregunta ya hecha por Abraham: “¿El juez de toda la tierra, no ha de hacer lo que es justo?”

Tengamos cuidado de juzgar a Dios con nuestros débiles sentidos y digamos con esta mujer y el autor del antiguo himno:

Todo cuanto Dios permita

Obra para bien,

y deseo solamente

Responderle: “Amén”.

3. El tercer principio es que Dios nunca se contradice a Sí mismo ni a sus propósitos de gracia. Escuchemos la magnífica lógica de esta mujer. “Si Jehová nos quisiera matar… no nos hubiera mostrado todas estas cosas, ni ahora nos habría anunciado esto”. En efecto, se dirigió a su esposo y dijo: ¿Es concebible que el Dios que nos ha dado tan notables muestras de su presencia y su bondad ahora nos va a destruir? Más, ¿es concebible que Aquel que ha interferido en nuestras vidas y que ha venido a decimos que tiene ciertos planes reservados para nosotros y ciertos propósitos que ha determinado llevar a cabo en y por nosotros, es posible que habiendo iniciado todo esto ahora repentinamente lo termine todo? No presumo comprender pero para mí, es inconcebible que Dios comience un proceso y luego de repente lo revierta o lo destruya.

Tenemos aquí nuevamente en sus palabras lo que San Pablo declara tan frecuente y elocuentemente.

Dice: “Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo”. El argumento es más fuerte aun:

“El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” ¿Nos fallará Dios en lo más pequeño si ya nos ha dado lo más grande de todo? ¿Nos abandonará el amor de Dios, ese amor que fue tan grande como para mandar a su unigénito Hijo a la tortuosa muerte del monte Calvario? Es posible que no comprendamos lo que nos está sucediendo. Puede aun parecer equivocado, pero confiemos en El. Creamos cuando no podemos comprobar. Aferrémonos a su constancia, su justicia, sus eternos propósitos para nosotros en Cristo.

Consideremos estas cosas absolutas que son inconmovibles, edifiquemos nuestro caso lógicamente sobre ellos, permanezcamos firmes e inconmovibles, confiados que en última instancia todo se aclarará y será para bien.

Y habiendo llegado a este estado de ánimo y no antes, habla contigo mismo ya otros diciendo:

La obra que su bondad comenzó,

Su brazo potente consumará.

Su promesa es Si y Amén,

Y jamás fallará.

Cosas futuras, cosas de ahora,

Nada aquí abajo ni arriba,

Pueden su plan desviar,

ni mi alma de su amor separar.

Por D. Martín Lloyd – Jones
Publicado por: Cristianismo Historico

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