¿Por qué debemos tomar tan en serio la tentación? (1 Parte)

Hay por lo menos cuatro razones bíblicas del porqué debemos tomar seriamente la tentación: 1. El Señor Jesucristo nos dio una pauta para la oración diaria. En este patrón, una de las peticiones es: “No nos metas en tentación más líbranos del mal “(Mat.6: 13). Esta petición puede ser parafraseada como: “Trata con nosotros de tal manera que seamos librados poderosamente de aquella maldad que nos ocasiona entrar en tentación”. Nuestro Salvador bendito sabe cuán peligrosa es la tentación y cuanto necesitamos la ayuda de Dios para guardarnos sin caída. Confiamos en la sabiduría, amor y cuidado de Jesús a favor de su pueblo. Cristo enfatiza este deber, y nosotros debemos de tomarlo muy en serio. El conoce el poder de las tentaciones; conoce también nuestra vana confianza y nuestra incredulidad y necedad. 2. El Señor Jesucristo prometió una gran re-compensa a la Iglesia de Filadelfia (Apo.3: 10). Esa re-compensa fue la liberación de la prueba que vendría sobre todo el mundo. ¿Desea usted está bendición? Entonces, tome muy en serio el deber que Cristo ha señalado, como un medio para preservarle en medio de dicha prueba. 3. Cuando consideramos las consecuencias desastrosas que han sido el resultado en los hombres (tanto malos como buenos) que han entrado en tentación, la sabiduría exige que tomemos este deber muy seriamente. Estas consecuencias desastrosas pueden ser ilustradas de la experiencia de dos clases distintas de personas: a. Personas que parecen ser, pero que no son creyentes genuinos. Estas personas son descritas por el Señor Jesucristo en la parábola del sembrador como “los que reciben la palabra con gozo; pero éstos no tienen raíces; creen por algún tiempo, y en el tiempo de la prueba (tentación) se apartan” (Luc.8: 13). En cada época hay personas como éstas. Ellos parecen tener un buen comienzo en la vida cristiana. Pero tarde o temprano caen en el tiempo de la tentación abandonan su profesión de fe en Cristo. Estas personas también son escritas por el Señor Jesús como “un hombre insensato que edificó su casa sobre la arena”. ¿Qué le sucede a este tipo de casa? Proporciona abrigo a estas personas por un tiempo, pero cuando viene la prueba de los días de tormenta, la casa caerá “y grande será su ruina” (Mat.7:26,27). Vemos el caso de judas, quien siguió al Señor Jesucristo por tres años. Nadie, salvo Jesús podía ver la diferencia entre judas y los demás discípulos. Tan pronto como judas entró en la tentación, cayó y nunca fue restaurado. Demas se identificó a sí mismo con el apóstol Pablo hasta que el mundo le venció y entonces desamparó a Pablo. (2 Tim.4: 10). Para tal tipo de personas (creyentes falsos) entrar en tentación resulta en su apostasía. En muchos casos la apostasía es tan evidente que todos la pueden ver, pero en otros casos solamente será evidente en el día del juicio. b. Personas quienes son verdaderos creyentes. La Biblia da muchas ilustraciones de las consecuencias desastrosas de creyentes genuinos que entraron en tentación. Vamos a limitamos a unos pocos ejemplos: i. Adán: Fue creado a la imagen de Dios con una naturaleza santa y por lo tanto, no estaba sujeto a los deseos pecaminosos de una naturaleza caída. Y aun el, tan pronto como entró en la tentación fue vencido por ella; quedo perdido y arruinado y toda la raza humana juntamente con él. Si un hombre en condiciones tan favorables como Adán puede caer tan fácilmente, ¿Qué esperanza hay para el resto de la humanidad? Nosotros tenemos que contender no sólo con el diablo como Adán lo hizo, sino además con un mundo bajo la maldición divina y con todos los deseos pecaminosos de una naturaleza caída. ii. Abraham: El padre de los fieles entró dos veces en la misma tentación. Temores por la seguridad de su esposa, le tentaron a mentir. Dos veces la misma tentación le venció. Dios fue deshonrado y sin duda Abraham experimentó tristeza y remordimiento. (Gen.12: 12-13; 20:2). iii. David: El varón de quien Dios dio testimonio diciendo que era “conforme a mí corazón” (Hech.13:22) Entró en la tentación de codiciar la esposa de su prójimo. Cayó en los pecados del adulterio y maquinaciones pecaminosas que involucraron a otras personas en su pecado. Aún hizo un plan que condujo al homicidio de un hombre bueno. iv. Muchos otros: Las tentaciones y caídas de muchos otros como Noé, Lot, Ezequías y Pedro son recordadas para nuestra instrucción. Ellos nos dan una evidencia dolorosa de que tan fácilmente los creyentes pueden caer en graves pecados como resultado de entrar en la tentación. A la luz de cada una de estas ilustraciones nosotros haremos bien en orar de la siguiente manera: “Oh Señor, si tales creyentes tan destacados y fuertes pudieron caer tan miserablemente en el día en que entraron en tentación, entonces, ¿Cómo puedo yo estar firme en tal día? ¡Oh guárdame para que no entre en tal tentación!” c. Dios nos ha dado muchas advertencias y muchos ejemplos de otros que han caído en pecado cuando fueron tentados. Y a pesar de esto, hoy en día muchos creyentes van sin ningún temor corriendo hacia el camino de la tentación. Aunque tienen que pasar por encima de los cuerpos de los muertos y heridos que cayeron antes en el mismo camino. Lo hacen sin temblar. ¡Qué extrema tontería! 4. Si consideramos nuestra propia debilidad, encontraremos bastantes razones para tomar muy en serio la necesidad de “velar y orar”. Nuestra propia debilidad puede ser vista desde dos perspectivas: No tenemos ningún poder o fuerza propia para resistir a “la hora de la tentación” La parte principal de la debilidad de cada hombre consiste de una vana confianza en su propia fuerza. La confianza de Pedro en sí mismo fue, sin lugar a dudas su debilidad. (Mat.26:33). La mayoría de personas son iguales. Cualquier cosa que pensemos que somos capaces de hacer, nunca lo hacemos tal como deberíamos hacerlo. Lo que es peor, los deseos pecaminosos, como un traidor en nuestros corazones, están dispuestos a entregarnos al enemigo. Esta es la razón por la cual nunca debemos halagarnos a nosotros mismos pensando que tenemos fuerza suficiente para estar firmes en la hora de la tentación. Hay concupiscencias secretas que se esconden en nuestros corazones que tan pronto como se presenta la tentación, se levantan, se alborotan, gritan, nos inquietan y nos seducen y no se dan por vencidas en tanto no sean o muertas o satisfechas. Podemos pensar orgullosamente que hay ciertas cosas que jamás haríamos. Pero nos olvidamos que el corazón nunca es el mismo bajo la tentación como lo fue antes de que entráramos en ella. Pedro no se imaginó que negaría a su Señor tan pronto como alguien le cuestionara. Cuando la hora de la tentación llegó, todas sus buenas resoluciones fueron olvidadas; todo su amor para Cristo fue temporalmente sepultado, y la tentación se unió con el temor y fue vencido por completo. Confiar en nuestra propia fuerza es un error tan común que sería sabio examinarlo un poco más de cerca. ¿En qué estamos confiando? 1. En general: Estamos confiando en nuestros propios corazones. Muchos incrédulos se engañan a sí mismos creyendo que tienen un corazón bueno. Pero la Biblia dice: “El corazón de los impíos es como nada.” (Prov.10:20) Es contra el “corazón que la tentación pelea. ¿Cómo puede un corazón que no vale nada mantenerse en pie ante una tentación fuerte? El creyente verdadero que confía en su propio corazón no es mejor que el incrédulo, porque la Biblia dice: “El que confía en su propio corazón es necio” (Prov.28:26). Pedro era un creyente verdadero, pero resultó ser un necio cuando confió en su propio corazón. La Biblia dice también: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas…” Jer.17:9) ¿Acaso nos atreveremos a confiar en aquello que es engañoso más que todas las cosas? 2. Más específicamente: Estamos confiando en nuestro corazón pensando que tenemos una motivación suficientemente fuerte como para no ser vencido por la tentación. ¿Pueden ser realmente suficientes estos motivos? Pensemos en unos pocos ejemplos: a. Amor al prestigio y al honor. La reputación y la estima que un hombre ha ganado a través de años de un testimonio y una vida cristiana fiel son importantes. Algunas personas piensan que esto es un motivo suficientemente poderoso para mantenernos firmes en la hora de la tentación. Estas personas piensan que preferirían morir mil muertes, que sacrificar la reputación que han ganado en la Iglesia de Dios. ¡Ay! Esto no es un motivo suficientemente fuerte para guardar a una persona de caer en el pecado. Esto no pudo guardar a Judas, Himeneo ni a Fileto. (2 Tim. 2: 17) Tampoco guardará a ningún otro de caer en la hora de la tentación. b. El temor de la vergüenza, la pérdida o el reproche. Algunas personas confían en que el mero temor de que puedan traer vergüenza y reproche sobre sí mismos o sobre la causa de Cristo es un incentivo suficientemente fuerte para estar firmes en la hora de la tentación. Pero esto solamente puede tener aplicación a las tentaciones que incluyen pecados abiertos y visibles, pero no tiene poder para frenar los pecados ocultos. Aquellos que dependen de esta motivación en el día de la tentación descubrirán que no tiene el poder que ellos se imaginaban. c. El temor de una conciencia inquieta y el temor del infierno: El temor de una conciencia herida y del infierno son pensamientos que nos ayudarían si fuéramos a considerarlos frecuentemente. Sin embargo, estos temores en sí mismos no son ninguna garantía de que estaremos firmes en la hora de la tentación. Hay cuando menos tres razones por las cuales estas consideraciones fallan en preservarnos. i. Algunas veces, la paz de conciencia que una persona quiere conservar no es más que una falsa paz. Después que David hubo pecado con Betsabé y antes de que el profeta Natán viniera, David estaba en paz. Esta era una falsa paz. Aún peor, muchos incrédulos piensan que tienen la paz con Dios, pero esta es igualmente una falsa paz. Tal como la falsa paz resultará inútil para el día del juicio, igualmente es inútil para el día de la tentación. ii. Una paz verdadera de conciencia es de mucho valor. No obstante, por sí misma, no será suficiente para preservar a una persona en la hora de la tentación. La causa de esto es que un corazón engañoso es capaz de producir una variedad de fuertes razones para justificar la pérdida de la paz de conciencia. Aquí tenemos algunas de ellas: “Otros creyentes han caído y no obstante, han recuperado su paz.” “Si pierdo mi paz la puedo recuperar.” “Esta maldad es pequeña (no es nada) y no me puede traer consecuencias graves.” Cuando la hora de la tentación llega, estos y otros argumentos semejantes muy pronto cansarán al alma hasta que esté dispuesta a perder su paz. iii. Pensar que el deseo de conservar nuestra paz de conciencia es suficiente para preservarnos en la hora de la tentación, es como un soldado que piensa que mientras tenga pue
sto su casco, no será herido en la batalla. La paz de la conciencia es una parte de la armadura necesaria para vencer la tentación; no obstante, es sólo una parte de la armadura necesaria. Pronto la tentación encontrará un blanco no protegido. d. La maldad de pecar contra Dios. Usted puede tener una conciencia vívida de la maldad de pecar contra Dios. Esto parece ser una fuerte protección contra la hora de la tentación. ¿Cómo puedo pecar contra el Dios de mi salvación? ¿Cómo puedo herir a mi Salvador Cristo Jesús quien murió por mí? Nuevamente tenemos que decir que esta protección en sí misma no es suficiente para preservarnos en la hora de la tentación. Cada día produce la evidencia triste de que esta consideración por sí sola fallará. Cada vez que un hijo de Dios cae en pecado, la tentación ha vencido esta protección. Solo podemos valorar las consecuencias terribles del pecado a la luz de la crucifixión de Cristo. Debemos ver a Cristo en su pasión y sufrimiento por el pecado: afligido, azotado, herido, molido, angustiado, sudando grandes gotas de sangre, su cuerpo quebrantado, su sangre derramada, el Juez del universo condenado, el Señor de vida muerto, su cabeza que llevaba la corona de gloria, coronada de espinas. Sus oídos que recibían las alabanzas del cielo, ahora reciben los desprecios y blasfemias de la multitud. La cara más hermosa que la de los hijos de los hombres ahora es escupida y desfigurada. Las manos que sostenían el cetro, ahora son clavadas en una cruz. Todo esto fue originado por los pecados que el diablo procura presentar tan atractivos. http://www.cristianismohistorico.org

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