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martes, 1 de octubre de 2013

TRIBUNAL DE CRISTO.

“Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo” (Ro. 14:10).

         El traslado de la Iglesia, o arrebatamiento, abre una nueva dimensión para los creyentes, que dejan de ser extranjeros y peregrinos en este mundo, para pasar al disfrute de la herencia eterna reservada para ellos en los cielos (1 P. 1:3-5). La transformación necesaria para ello se inicia con la de los cuerpos, bien en la resurrección de los que durmieron en Cristo, como por la transformación de los vivos en ese momento (1 Ts. 4:16-17). Pero, la glorificación de la iglesia exige la limpieza de aquellas impurezas que, durante su peregrinación, ha manifestado. En la presencia de Dios no puede haber ningún tipo de contaminación, por lo que la limpieza de ella es necesaria. Esto ocurrirá en el examen ante el Tribunal de Cristo. De ahí saldrá una Iglesia gloriosa y resplandeciente, de modo que pueda cumplirse lo que Pablo enseña: “sin mancha ni arruga ni cosa semejante” (Ef. 5:27). Limpia y ya incontaminable, será adornada con las “acciones justas de los santos”, a modo de vestido de bodas, “limpio y resplandeciente” (Ap. 19:8), habiendo recibido también las recompensas personales dadas a los creyentes victoriosos en su vida terrenal.

I. EL TRIBUNAL DE CRISTO.

         La Biblia enseña que todo creyente comparecerá ante el Tribunal de Cristo (Ro. 14:10; 2 Co. 5:10). Al leer los pasajes se aprecia que la comparecencia será ineludible: “debemos”; será general “todos nosotros”; será pública “seremos manifestados”; habrá un juez señalado ya: “Tribunal de Cristo”; tendrá lugar un examen de “lo que haya hecho en el cuerpo”; también habrá recompensas personales “cada uno recibirá”.

a) Detalles del acontecimiento (1 Co. 3:9-15).

1. Palabras que lo definen. El texto griego usa dos palabras que se traducen como tribunal.
 a) Kriterion, que aparece tres veces en el N. T., ninguna aplicable al Tribunal de Cristo y que significa el instrumento o medio para probar una cosa. b) Bema, que figura doce veces en el N. T., dos de ellas en referencia directa al Tribunal de Cristo (Ro. 14:10; 2 Co. 5:10), y se usa para describir la posición elevada del que juzga.

         Es necesario entender que el Tribunal de Cristo, no tiene relación alguna con el Trono Blanco, llamado generalmente juicio final (Ap. 20:11).

2. Tiempo del acontecimiento. El Tribunal de Cristo ocurrirá inmediatamente después del traslado de la Iglesia. Las razones bíblicas son evidentes: a) Las recompensas están asociadas a la resurrección (Lc. 14:13-14) y la resurrección es parte integral del traslado(1 Ts. 4:16b). Cuando la iglesia regrese con Cristo a la tierra para reinar ya ha sido recompensada (Ap. 19:8). Las acciones justas, plural, no es la acción de la justicia imputada de Cristo, sino el modo de vida de los cristianos. Las recompensas tienen que producirse entre el arrebatamiento y la Segunda Venida.

3. Lugar del Tribunal de Cristo. Tiene que ser necesariamente en la esfera celestial (1 Ts. 4:17). El mismo apóstol señala el lugar del acontecimiento para todo creyente como fuera de este mundo (2 Co. 5:8).

4. El Juez. Cristo ocupa el lugar judicial en Su tribunal (2 Co. 5:10). El apóstol Pablo usa una frase muy enfática: “Todos compareceremos ante el tribunal de Cristo” (Ro. 14:10). En los originales los mss. más fiables se lee en lugar de tribunal de Cristotribunal de Dios, lo que remarca la condición divina del Señor. Cristo tiene que ser el juez ya que Dios entregó todo juicio en sus manos (Jn. 5:22, 27). La grandeza del juez se manifiesta como Aquel que tiene el nombre que es sobre todo nombre, ante cuya grandeza se dobla toda rodilla (Fil. 2:9). Es además un juez justo (2 Ti. 4:8), y un juez que no juzga por apariencia (Ap. 1:14). Sus ojos como llama de fuego lo sondean todo y su luz lo ilumina todo (1 Co. 4:5). Sin embargo, es un juez lleno de amor hacia los que son juzgados (Gá. 2:20; Ef. 5:25b).

5. Los juzgados. Solo pueden ser los creyentes de la iglesia. El pronombre personal “nosotros” lo evidencia (2 Co. 5:10). Es interesante notar que en el Tribunal de Cristo comparecen los que antes se atrevieron a juzgar a los hermanos (Ro. 14:10). Sólo son hermanos los hijos del mismo Padre.

6. El examen de ese juicio. No es asunto de salvación o de perdición para el creyente. Éste, bajo la gracia, no vendrá a juicio por el pecado que  ha sido extinguido por Cristo (Jn. 3:18; 5:24; 6:37; Ro. 5:1; 8:1; 1 Co. 11:32). Los pecados pasados, presentes y futuros fueron cargados sobre Cristo en la sustitución vicaria por el pecador convertido (Col. 2:13). El examen será en relación con su vida y su servicio a Dios, de lo que el creyente tiene que dar cuenta (2 Co. 5:10). El creyente ha sido comprado por Dios (1 Co. 6:19-20). Por esta causa ha dejado de pertenecer al mundo para convertirse en siervo de Dios (Ro. 6:18). La evidencia de toda conversión genuina tiene que ver con el servicio (1 Ts. 1:9). El creyente tiene una responsabilidad para su vida actual (Ro. 6:22). El examen está íntimamente relacionado con la determinación de la recompensa o de la pérdida de su obra (1 Co. 3:13-14). Comparecen para dar cuenta de su administración, como siervo a quien se le ha encomendado un ministerio (Ro. 14:10-12). Todo lo que el creyente tiene es don divino. El cristiano es un esclavo administrador a quien se le demandará cuanto se le ha confiado (Ro. 6:18, 22; Lc. 12:48). Es administrador de los dones divino (1 P. 4:10). Todo creyente tiene algún don (1 Co. 12:7). Son también administradores de bienes materiales y de tiempo (1 Co. 6:19-20).

         Los creyentes comparecerá para examen de cómo edificaron (1 Co. 3:9-15). Cada uno edifica sobre la base de la Iglesia que es Cristo (1 Co. 3:11; 1 P. 2:6). Cada uno lo hace orientado su tarea en la doctrina que fue establecida (Ef. 2:20). Se hace referencia en forma metafórica a los distintos materiales empleados en la tarea de la edificación. Algunos son mera apariencia, son materiales humanos, como la madera, el heno, y la hojarasca. Estos son quemados por la mirada escudriñadora del Juez, el Hijo de Dios, que tiene ojos como llama de fuego. Otros materiales son de procedencia divina, como el oro, la plata, y las piedras preciosas, estables y permanentes.

         El examen revelará la calidad de vida y servicio de cada creyente (2 Co. 5:10). El galardón será según la calidad del servicio cristiano. La vida de servicio es vida de compromiso y renuncia (Lc. 14:26, 27, 33). La vida cristiana es vida de dependencia (Fil. 4:13; 1 Co. 15:10). El juicio será individual, cada uno (2 Co. 5:10). No es un juicio colectivo, sino personal.

         El modo del examen se expresa en tres formas: nada oculto (1 Co. 4:5). Nada impuro que se mantenga, ya que el fuego lo elimina (Ap. 1:14). Nada aparente, puesto que son las intenciones las que se manifiestan ante el Señor (1 Co. 4:5b).

7. El resultado. Puede ocurrir que se produzca la pérdida de la recompensa. Es para obras hechas en la carne. Los creyentes no se pierden pero éstos serán salvos “así como por fuego” (1 Co. 3:15). Para los que han servido en el poder del Espíritu, honrando a Dios y edificando en Su obra, recibirán coronas. La Biblia habla de corona incorruptible, para los victoriosos sobre el viejo hombre (1 Co. 9:25); de gozo, para los ganadores de almas (1 Ts. 2:19); de vida, para los que resistan las pruebas (Stg. 1:12); de justicia, para los que aman su venida (2 Ti. 4:8); de gloria, para los que apacientan la grey (1 P. 5:4).

         Sin embargo la gran pregunta del Tribunal de Cristo, no es tanto lo que hiciste, sinocomo lo hiciste. Esto lleva comprometida la razón de la obra que es el amor. Es decir, no se preguntará si trabajamos, sino que se inquirirá sobre si amamos, ya que toda obra hecha sin amor no es más que metal que resuena y címbalo que retiñe (1 Co. 13:1). Todo el que se considere un fiel siervo de Dios debe estar atento a si ama a sus hermanos o no, porque eso define la razón de la obra.

         El uso de las coronas será como instrumentos para la gloria de Dios, arrojadas a los pies del que está sentado en el trono (Ap. 4:10). Cada una de ellas tiene diferente grado de brillo. Es decir, que el creyente tendrá recompensa y gloria diferente (1 Co. 15:41-42). Cada uno de los santos glorificados será una exhibición permanente del poder transformador de Dios (1 P. 2:9).

         Una seria advertencia de parte del Señor: “Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo” (Ro. 14:10). Esto debiera despertar en cada uno de nosotros un cuidado muy especial con la forma de vida personal para no perder la recompensa (Col. 2:18; 2 Jn. 8; Ap. 3:11). El Tribunal de Cristo ha de despertar un respeto reverente en nuestra vida (Fil. 2:12).


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