La gran omisión

"He sido frecuentemente amenazado de muerte. Como cristiano, no creo en la muerte sin resurrección. Como pastor, estoy obligado a dar la vida por quienes amo, inclusive por quienes vayan asesinarme. Mi muerte, si es aceptada por Dios, sea por la liberación de mi pueblo. Desde ya, perdono y bendigo a quienes lo hagan." Oscar Romero, arzobispo de El Salvador, 15 días antes de ser asesinado en marzo de 1980.
 "Muchos prefieren al Cristo de los sepultureros, un Cristo mudo y sin boca, un Cristo fabricado a nuestro antojo y según nuestros mezquinos intereses. Este no es el Cristo del evangelio, el que murió por la causa más noble de la humanidad". Rutilio Grande, Panamá, un mes antes de su asesinato, el 13 de febrero de 1977

 Debo el crédito del título a un mensaje del hermano Gerardo Ferace. Él nos instaba a seguir el modelo de Jesús y a no divorciar nuestro ministerio de las necesidades de nuestro prójimo y de nuestra realidad.

 Jesús se opuso frontalmente a la injusticia de las clases dominantes. Siguiendo la tradición de los profetas del A.T. (como Amós entre otros) y la hidalguía de Juan el Bautista, aún a costa de su vida, denunció la corrupción reinante. Se puso del lado de los pobres de los marginados, de los excluidos. El vino a sanar a los "quebrantados de corazón", " a poner en libertad a los oprimidos", a "anunciar el evangelio a los pobres" (Lc. 4:16-30). Su declaración de misión fue clara. Si Jesús viniera en este tiempo, y no hace casi 2000 años: ¿Junto a quién desarrollaría su ministerio?, ¿Qué intereses defendería?, ¿Dónde pondría su púlpito?, ¿Qué discurso tendría?, ¿Qué enfatizaría?. Son preguntas que me hago a menudo.

Él se opuso al mismísimo Herodes, lo llamó "zorra" (Lc. 13:32) para resumir su insignificancia y su debilidad (comp. Neh. 4:3), pero también su astucia y deshonestidad. Por otra parte le advierte con autoridad que no va a ser su calendario el que ponga fin a su vida, sino el de Dios. Pero no sólo se opuso a Herodes, sino a todo su séquito de correveidiles, representada por los fariseos. Atentó con su mayor corrupción: la del millonario negocio del templo. Enfurecido con una ira santa, sembró el estupor desalojando de ladrones (así los llamó Él) y con violencia el recinto santo, empuñando un látigo hecho de cuerdas y tirando las mesas del negocio corrupto.

 Jesús no se calló ante esta realidad, por más que con ello desatara una conspiración que acabaría con su muerte.

Denunció públicamente la hipocresía de los sacerdotes. "Sepulcro blanqueados", "llenos de muerte", "generación de víboras", "hijos del diablo" distan mucho de ser elogios aduladores. En Mateo 21:45, 46, luego de relatar una parábola donde descubre la inutilidad de la religión farisaica, dice el texto que "entendieron que hablaba de ellos, quisieron pues arrestarlo". Cuando Jesús pronuncia esa frase llena de misericordia "perdónalos porque NO SABEN LO QUE HACEN" (Lc. 23:34) evidentemente se refiere a los soldados romanos, pues los sacerdotes sabían exactamente los que estaban haciendo. Estaban llevando a cabo el plan urdido para eliminar al subversivo que atentó contra sus intereses (Véase Jn.11:47-57)

Jesús no calló su denuncia. Ahora, es la iglesia la que ha recibido el mandato de ser sal, de dar sabor y de preservar de la corrupción. Sólo la iglesia puede ser el agente preservador para que el mal no se libere por completo. Lo "detiene" según 2ª Tes. 2:6,7. Pero debemos reconocer que demasiadas veces la iglesia ha desoído el llamado de ser sal y lejos de ser una oposición a la maldad, fue cómplice de ella. El Señor mismo advirtió que si la sal "pierde su sabor" o sea se llena de impurezas sólo sirve para ser pisoteada en los caminos. Sorprende que ciertos teólogos ubiquen fuera de estos tiempos la vigencia de todo el Sermón del Monte (¡¿?!). Urge tomar conciencia y obedecer a Jesús en su imperativo "Tened sal en vosotros" (Mr. 9:49,50)

Dice Stott: "Jesús no nos entregó un tratado académico para estimular nuestro intelecto. Fue para que éste se obedeciera. Si la iglesia aceptara las normas y valores de Jesús tal como se exponen, y vivieran por ellos, ofrecería al mundo una auténtica contracultura cristiana".

La historia registra, sin embargo, sobrados ejemplos de pasividad ante la corrupción. Detallarlos no bastaría un voluminoso libro. Tampoco es necesario ir muy lejos. En nuestra Latinoamérica, tan castigada por feroces dictaduras militares, muchas de ellas con la obsecuencia cuando no el apoyo deliberado de la iglesia. Por citar sólo uno: Las palabras de elogio de muchos evangélicos, alabando a Leónidas Trujillo, el megalómano dictador de la República Dominicana, como relata Justo González. O el silencio cómplice de la iglesia en Argentina ante el indulto dado por un gobierno democrático a los genocidas condenados. Sólo algunas loables excepciones alzaron su voz para decir lo que Dios dice. Que el estado no tiene derecho a indultar, que tiene autoridad delegada por Dios para castigar al que hace lo malo (Rom. 13). Recuerdo al poeta español Rafael Alberti rechazando un premio del mismo gobierno "porque perdía su razón si no castigaba al hacía lo malo" (y él es agnóstico).

Muchas complicidades y de diversos tipos, se podrían mencionar, con grupos económicos, con personas influyentes, con grandes empresas que espolean a los trabajadores, etc. Quizás necesitemos reavivar el compromiso, el accionar, el salir de los saleros. Para esto, y gracias a Dios, tenemos muchos ejemplos a seguir, que engrosan la "nube de testigos" de nuestro peregrinar (Heb. 12:1). Notemos sólo algunos. Como Telémaco, quien en el siglo V asistió por primera vez a la lucha de gladiadores y no pudo soportar ver cómo dos personas se mataban ante la mirada de tantos. Cuentan que saltó a la arena e intentó separarlos, la muchedumbre encolerizada, lo mato a pedradas. Pero gracias a su muerte cesaron en Roma estos sangrientos espectáculos.

Fueron las convicciones cristianas las que llevaron a Abraham Lincoln a conseguir la "ley de vientre libre" que impidió que los esclavos tuvieran hijos esclavos. A causa de esto, un fanático lo mató en un teatro. Si bien este fue presidente de un país que luego se caracterizaría por la violación de la autonomía de los estados, muestra a las claras, las bases cristianas que le dieron origen.

Martin Luter King nació y creció en una de las ciudades más racistas de este país, de chico vio desfilar por las calles los encapuchados del Ku Klux Klan (de religión protestante ¡¿?!). Su conciencia cristiana lo llevó a gritar a voz en cuello la igualdad de los hombres como creación de Dios.

Los grupos racistas no podían tolerarlo, más cuando recibió el premio Nobel de la paz en 1963, en el 68 pagaron a un asesino para callarlo a balazos.

la lista sería interminable de hermanos que no se conformaron a este siglo, que denunciaron la corrupción y pelearon por la justicia, aún a riesgo de perder la vida, riesgo que se concretó en la mayoría de los casos.

Es verdad que la preocupación por lo social fue enfatizada tanto por algunos, que olvidaron la función redentora del evangelio. Pero también es verdad que el evangelio, como Dios mismo, no se preocupa sólo por la salvación futura, la eterna, sino también por las necesidades de los hombres.

Recordemos que somos sal, que debemos salar. Así lo entendió Santiago y predicó contra los ricos opresores y la falsa religión, la que desconoce las necesidades del prójimo (Sgo. 2:1-26 / 5:1-6). Sigamos su ejemplo y el de todos los que han interpretado que el evangelio es acción contra la maldad, contra la injusticia, contra la opresión, en definitiva contra el pecado que llevó a Cristo a morir en la cruz, no víctima del sistema, sino parte del plan de revolución más grande que haya conocido la historia: La revolución interior.

Gustavo Sánchez
De la revista "Para que sean Uno", Año 5 Nro. 51 - Marzo 2001.

 "Para que sean Uno". Publicación de las Iglesias Cristianas Evangélicas, Rosario - Santa Fe (República Argentina). Editores: Juan Gangemi - Américo Giannelli - Carlos Primolini - José Zorrilla - Gustavo Sánchez. Se autoriza la reproducción o reenvío de estos artículos, solamente citando la fuente.

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